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México DF
Los latinoamericanos hemos sido expuestos a la cultura mexicana desde nuestra infancia. Hemos escuchado su música, hemos visto su cine y sus telenovelas, hemos recreado pobremente su compleja gastronomía, hemos celebrado a sus grandes artistas y los hemos asumido como nuestros. Esta aparente familiaridad nos hace pensar que conocemos un país que, en realidad, sigue siendo un misterio.
Llegué al Distrito Federal hace más de una década con la intención de quedarme. En mi primer día de trabajo en una conocida editorial me recibieron los colegas con una pequeña calavera de azúcar que tenía mi nombre. “Tú también vas a morir, no te tomes demasiado en serio”, me dijeron con chispeante ironía. Todos estaban armando en la puerta de la empresa un gran altar de difuntos cubierto de flores, frutas, imágenes de la virgen de Guadalupe y sonrientes calaveras con el nombre de los ausentes y de los presentes. En los tiempos de difuntos el país suele ser una fiesta. Las calacas (esqueletos) ríen, se enamoran, cantan, bailan, cocinan platillos multicolores y recitan odas a los vivos. El inframundo se confunde con el mundo, y los personajes de uno y otro celebran la pasión, la desmesura. El DF, como le llaman sus habitantes, es la desmesura.



















