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Texto por Iván Kashinsky, FotografÃas por Iván Kashinsky y Karla Gachet
Era de noche. Me habÃa cortado el pelo, afeitado la barba. VestÃa unos overoles, una camisa azul de manga larga y un gorro de beisbol. Era uno más. “Ven acá” me dijo Cornelio. El estaba sentado con su mujer en una esquina del comedor y me miraba con mucha seriedad.
- Ha sido estupendo tenerles aquÃ. Es una pena que tengan que irse tan pronto. ¿Por qué no piensan en venir a vivir acá, para siempre, en nuestra comunidad?
- ¿Para siempre?, pregunté angustiado.
Lo pensé por un segundo. ¿Cómo serÃa convertirse en menonita? ¡Sin carros, sin televisión, sin MUSICA! ¡De ninguna manera!
- Ha sido maravilloso compartir estos dÃas con ustedes – respondà con mucha educación – pero simplemente no puedo, no podrÃa.
Estaba vestido como menonita porque me preparaba a hacer lo impensable: iba al servicio religioso de domingo en la comunidad menonita de Santa Rita, en Bolivia.
El dÃa siguiente, a las 6:30 de la mañana pasó Abram por nosotros en su carruaje de caballos.
- No tomes ninguna foto – me advirtió.
El caballo trotaba camino a la capilla, por un camino vecinal iluminado por una luz gloriosa. Llegamos tarde. Nos sentamos en en una pequeña banca de madera, los hombres a un lado, las mujeres a otro. Nadie se atrevÃa a decir palabra. De pronto la habitación entera se encendió con la potencia de sus voces. Cantaban como si fuese el dÃa del juicio final y la salvación de sus almas dependiese de su voz. La luz dorada penetraba por las rendijas de las paredes de madera, amenazando derrumbarlas. Las notas penetraban mi cuerpo, desde mi frente hasta la profundidad de mi abdomen. Increible -pensé- tal vez Dios sà existe.
Por las siguientes dos horas y media escuché a un sacerdote que leÃa la biblia en alemán. La espalda me dolÃa. El sueño me amenazaba con sus tenazas. El temor de ser descubierto dormitando se iba desvaneciendo. De un momento a otro, todos se pararon, salieron a sus carrozas, y se alejaron sin cruzar una sola palabra con nadie.
Hace una semana, Cornelio valientemente aceptó que Karla, mi mujer, y yo nos quedásemos en su casa. Vimos como las niñas ordeñaban las vacas y los hombres trabajaban sin descanso en la fábrica de queso.
Durante la noche, la familia de diez se sentaba alrededor de la mesa para mirar nuestras fotos en la computadora portátil. Sus ojos se abrÃan incrédulos cuando les mostrábamos revistas con páginas dobles de mundos submarinos. Aunque estos jóvenes eran capaces de cocinar una cena para diez personas y fabricar su propia ropa, no sabÃan nada sobre el mundo exterior. En la escuela solo estudiaban la Biblia, nada más. No tenÃan ni siquiera un conocimiento básico de geografÃa o historia.
¿Por qué están estas personas tan dolorosamente separadas del mundo?
- El chip – Cornelio me explicaba – Está pasando ya en Alemania y los estados Unidos. Cornelio piensa que los chips de las computadoras serán instalados en la mano derecha o en la frente de cada ser humano. Aquellos que se resistan serán asesinados.
- el chip es el 666
Los menonitas que se han trasladado de Europa a Rusia, Canadá, México y ahora Bolivia, siempre han estado marginados. Siempre han buscado una vida más simple en la que puedan practicar su religión en paz. Temen que la tecnologÃa les distraiga del camino de Cristo. Los jinetes del apocalipsis llegan cabalgando sobre los lomos de la revolución digital. El internet es el 666.
Etiquetas: Bolivia

Fanstastico Ivan, me encantó tu texto. HacÃa tiempo que no sabia nada de vos.