Por Fernanda Sández
“A mà se me hace cuento que empezó Buenos Aires. La juzgo tan eterna como el agua y como el aireâ€.
Jorge Luis Borges, Fundación mÃtica de Buenos Aires.
“Con una soga, como en el circo†dice Rosa y se rÃe, recordando cómo tuvo que cruzar la calle de su casa el pasado 13 de noviembre. “Atamos una soga a un poste de luz, cruzamos la otra punta al otro lado y la atamos a otro poste de luz. Decà que la electricidad estaba cortada, que si no…â€.
Ese dÃa, a eso de las cuatro de la tarde, sobre Buenos Aires cayeron casi seis centÃmetros cúbicos de agua. El doble del lÃmite, que son tres centÃmetros cúbicos. Superada esa marca, la ciudad -cuyo sistema de desagües data del siglo pasado- se comporta como una anciana ante un medicamento feo: acepta la administración en gotas, pero regurgita la cucharada. Es decir que resiste hasta tres centÃmetros cúbicos de agua, siempre y cuando caigan acompasadamente y a lo largo de una hora o más.
Pero si el volumen es mayor, y además cae como cayó ese viernes embrujado (todo de golpe y en veinte minutos), la vieja Buenos Aires – la verdadera, la subterránea, la que pocos perciben por debajo de la explosión de torres de estos últimos años – vomita lÃquido a más no poder. Por las alcantarillas y los sumideros, los arroyos hoy entubados -sobre los que reposa la ciudad- escupen lÃquido hacia el cielo.
AquÃ, el agua es eterna.
“Soy vecino de Palermo desde hace 32 años. Y esto siempre fue asÃâ€, cuenta Eduardo Molina. “Esto†es la laguna que cada aguacero hace brotar en la zona de Puente PacÃfico, donde viven tanto él como Rosa. En este área, a sólo diez minutos del Obelisco, toda lluvia más o menos intensa termina en una marejada de autos y en peatones audaces que se lanzan a cruzar las avenidas a nado, o bien como lo hizo Rosa. Con una soga. Como en el circo. Llegan entonces las cámaras, los periodistas, la comparsa encantada con escenas como éstas: una mujer paleando en un bote de hule, un auto flotando avenida abajo. Llegan también de las bromas repetidas (“Mirá, che, Venecia, jaâ€) y un chiste que algunos vecinos hastiados reformularon como lema polÃtico: “Aquaman, jefe de gobiernoâ€.
La última ironÃa nació en Palermo, como la Buenos Aires imaginada por Borges. El chiste dice que allÃ, en ese barrio que se jacta de ser cosmopolita  a punto tal de llamar Hollywood, Soho o Queens a distintos rincones de su geografÃa, ha surgido una nueva locación: Palermo Ãmsterdam. Un rincón donde todo porteño con nostalgias europeas podrá inundarse a gusto y a repetición. Sentir, literalmente, Holanda a sus pies.
Pero no todo siempre es asà de jocoso. En realidad, y por mucho que la gente se rÃa del rÃo oscuro en el que se convierte cada calle de Belgrano, Palermo o Villa Crespo (algunos de los barrios más expuestos a lo que aquà se llama “el flagelo de las inundacionesâ€), hay algo desesperante en una ciudad que se ahoga con cada aguacero. Eso es lo que ocurrió el 13 de noviembre de este año y el 29 de enero del año anterior, y tantas otras veces, y también el 26 de enero de 2001.
Con una sola y terrible diferencia: aquella vez, la del 2001, en el barrio de Belgrano hubo cinco mujeres que no pudieron divertirse al dÃa siguiente comentando la inundación. Se llamaban Wenceslada Firpo, Delfina Castro, Eliana Garibaldi, Isabel Salazar y Celina Mariani. Isabel era la mayor y tenÃa casi cien años; Delfina, la más joven, tenÃa 76. No eran familia, pero vivÃan juntas en “Los Girasolesâ€, una casa de retiro ubicada en la calle SuperÃ. Esta calle tiene una particularidad: está por debajo del nivel del ferrocarril, al pie de una barranca que los dÃas de lluvia se convierte en un dique, y rodeada de bocacalles que se tapan con basura y ramas demasiado a menudo. La tarde del diluvio de 2001 sucedió todo eso. Y más.
Wenceslada, Delfina, Eliana, Isabel y Celina dormitaban en el sótano enrejado de Los Girasoles. Ninguna podÃa moverse. Ninguna sabÃa nadar. Cuando los bomberos llegaron al lugar, se toparon con cinco siniestras ondinas de largos pelos blancos, girando en un cuarto repleto de agua hasta el techo. Hubo un juicio y, siete años más tarde, un veredicto. ¿Culpable? La lluvia desatada. “No puede pasarse por alto que habÃa caÃdo una cantidad de agua infernalâ€, se lee en el fallo del Tribunal Oral 21.

La ciudad de Buenos Aires está construida sobre una planicie pantanosa a la vera del RÃo de la Plata © Pablo Corral Vega
Arena movediza. Asentada sobre una planicie surcada por arroyos (la Pampa deprimida) y a la vera del RÃo de la Plata (que de rÃo y de plata sólo los nombres; es, en realidad, un estuario de aguas amarronadas), Buenos Aires nació acechada por las crecidas de cinco arroyos grandes y una media docena de cursos de agua más pequeños, llamados “tercerosâ€. Estos, explica el investigador Enrique Herz, “recibÃan las aguas de los desagües naturales y la fuerza de sus aguas producÃa verdaderas avalanchas, socavaba muros y ahondaba las calles hasta formar lagunas y pantanos imposibles de atravesarâ€.
De aquellos dÃas data, también, el desprecio de los porteños por el entorno en el que viven; un desdén que hasta el dÃa de hoy está intacto. “Los vecinos de la ciudad que vivÃan frente a dichos zanjonesâ€, consigna Hertz, “aprovechaban las crecientes de los ‘terceros’ para arrojar cuanto trapo viejo, basura o inmundicia se acumulaba en sus casas. Esa era la costumbre generalizadaâ€. Hubo que esperar casi trescientos años (desde la fundación de la ciudad por Juan de Garay, en 1580, hasta la intendencia de Torcuato de Alvear, en 1885) para que Buenos Aires pudiera olvidarse de los malditos “tercerosâ€. Pero eso no significó, ni con mucho, despedirse realmente de las inundaciones. De hecho, con el correr del tiempo quedó demostrado que ponerle “techo†a un arroyo y acomodar casas, edificios y hasta una avenida sobre él (tal el caso de la Avenida Juan B. Justo, algo asà como el cielorraso del arroyo Maldonado) no fue necesariamente una solución. Se cambió sólo la apariencia, no la topografÃa. Por eso, hasta la actualidad, la cara de Buenos Aires se parece a la de los “compadritos†de los tangos: muestra cortes salvajes, y zonas deprimidas por las que antes corrÃan arroyos casi sin declive y por las que hoy “corren†avenidas que, no por casualidad, se inundan cada vez que llueve.
La fachada. Es la casa confitada de la bruja de Hansel y Gretel, pero en su versión extrema. Ocupa una manzana entera en pleno corazón de Buenos Aires y no falta quien la defina como uno de los edificios más bellos de la ciudad. Es, por lo pronto, una construcción extraña. Especialmente cuando el sol le da de lleno, como ahora, y los 300.000 azulejos de colores importados de Europa que la recubren de piso a techo (un techo de pizarra verde, traÃdo de a pedacitos de las canteras de Sedán, Francia) y la convierten en un bombón gigante, todo merengue celeste, rosa, chocolate oscuro.
El edificio fue levantado en vÃsperas del primer centenario del paÃs, en 1910, y luce como eso: como un exorbitante pastel de cumpleaños. Sin embargo, y al igual que en el cuento de los hermanos Grimm, todo en él es aparente. Donde se ven puertas, ventanas enormes y hasta columnas, no hay más que pura maqueta. El Palacio de Aguas Corrientes (como se lo conoce aquÃ) es una impostura a la que alguien calificó alguna vez de “cascarón arquitectónicoâ€. Detrás de esas paredes que costaron millones, no hay más que doce gigantescos tanques que alguna vez proveyeron 72 toneladas de agua corriente a la ciudad y hoy están vacÃos.
¿Para qué entonces semejante despliegue? ¿A qué un trompe l´oeil de 1.000 metros cuadrados? Digamos que para algo tan absurdo (tan argentino) como volver visible lo soterrado. El gesto de pavo real de un paÃs donde, por aquellos dÃas, semejante capricho no parecÃa tanto. El objetivo del edificio fue que “sirviera de monumento para las obras en las cuales ya se habÃan invertido apreciables recursos, de los que no aparecÃan constancias visibles que pudieran dar fe de su real magnitud, por cuanto la mayorÃa de las instalaciones eran subterráneasâ€, se lee en el libro Cincuentenario de las Obras de la Capital Federal, de Marcial Candioti.
Curiosamente (o no), se levanta un palacio ficticio en honor al complejo entramado de tubos y cañerÃas que sostienen el miriñaque de la Reina del Plata, pero prácticamente desde esa misma fecha no se han vuelto a hacer obras de envergadura en lo que a cloacas y desagües se refiere. Y eso que la ciudad ha cambiado, y mucho. Hoy cuenta con 3 millones de habitantes que llegan a ser 10 si se agrega a los vecinos del conurbano. Conviven aquà barrios como Puerto Madero (en donde el metro de tierra roza los U$S 5.000) con unas 800 villas miseria donde el agua potable y las cloacas siguen siendo una quimera. El estudio más reciente publicado sobre el tema (elaborado por las ONG´s ACIJ, Cels y Cohere) revela por caso que más de la cuarta parte de la población metropolitana (viva o no en villas miseria) carece de agua segura. Esto es, 3 millones y medio de personas sin acceso a las redes y bebiendo agua de pozo muy contaminada. La razón: al no contar tampoco con cloacas, los pozos negros están próximos a las napas de agua, a punto tal que el acuÃfero Pampeano (el más cercano a la superficie, y del que extraen agua la mayorÃa de las personas sin acceso al agua corriente) está contaminado con materia fecal y desechos tóxicos provenientes de basurales y quemas a cielo abierto.
Las torres terribles. Pero, una vez más, Buenos Aires prefiere reflejarse en el espejo equivocado. Y asà como alguna vez levantó un palacio hueco para celebrar las cañerÃas soterradas, hoy celebra “en superficie†un esplendor que tampoco es tal.
Veamos: Buenos Aires ocupa el puesto 15 en el listado de ciudades con mayor cantidad de torres en su haber. Cuenta exactamente con 420, y el listado mundial de ciudades con mayor cantidad de rascacielos la coloca incluso por delante de Shangai y de Dubai y la convierte, luego del DF mexicano, en la ciudad latinoamericana con mayor cantidad de edificios de altura. Pero aun cuando muchos técnicamente no alcancen la condición de rascacielos, las torres y los edificios de departamentos se multiplican en la ciudad. AsÃ, en la misma superficie donde antes habÃa quizá una sola casa y un solo baño, existe actualmente un edificio de varias plantas y con al menos diez departamentos, igual cantidad de baños y otras tantas bañeras.
“Por eso hablamos de una ‘urbanización salvajeâ€, dice el arquitecto Osvaldo Guerrica EchavarrÃa, desde la Asamblea Permanente por los Espacios Verdes Urbanos (APEVU). Y llama la atención sobre un fenómeno directamente asociado a la construcción descontrolada: la progresiva impermeabilización de los suelos. Esto es: al haber cada vez más cemento y menos espacios verdes en la ciudad, hay menos suelos que absorban las lluvias. Actualmente, Buenos Aires cuenta apenas con 1,80 metros cuadrados de espacio verde público por habitante, menos del 10 por ciento de lo que se considera ideal: 20 metros cuadrados de parques por vecino. Y si las precipitaciones son, como en la actualidad, más intensas y más breves, puede que –como sucedió el 13 de noviembre- en sólo diez minutos ciertas partes de la ciudad naufraguen.
“El cambio climático aumenta las chances de eventos extremos como la lluvia de hace unos dÃasâ€, confirma Pablo Suárez desde el Centro de Clima de la Cruz Roja Internacional. “Pero además combina sus fuerzas con otros factores como la urbanización descontrolada. De ese modo, cuando llueve menos agua se infiltra en el suelo y más agua queda en la superficie. Esto mismo está pasando en otras partes del mundo. Lo mismo pasó en los últimos meses en otras capitales como Dakar (Senegal), Manila (Filipinas) y Ouagadougou (Burkina Faso). El clima está cambiando, asà que nosotros también tenemos que cambiarâ€.

Monte Matadero, en las afueras de Buenos Aires, es una de las zonas más expuestas a inundaciones. Los arroyos canalizados se desbordan fácilmente. © Verónica Bellomo
El enigma liquido. Pablo Bruno es el coordinador nacional del Programa de Desastres de la Cruz Roja Argentina y se muestra ligeramente optimista. O, como buen argentino al fin y al cabo, se consuela pensando que todo podrÃa ser aún peor. Que unos cuantos autos convertidos en carabelas cada tanto o unos cuantos miles de pesos perdidos en mercaderÃa no son, en realidad, una calamidad con todas las letras. “Uno puede decir que ha habido avances en lo que hace a las inundaciones en la ciudad. Eso se vio el 13 de noviembre, cuando sobre Buenos Aires llovieron casi 6 centÃmetros cúbicos de agua: esto, hace quince años, hubiera parado la ciudad. Lo que pasa es que últimamente se están dando lluvias que exceden ampliamente ese escenario para el cual están planificándose todos los desaguesâ€, explica.
Pero es precisamente esa palabra (“planificaciónâ€) la gran ausente de las obras de infraestructura de la ciudad. La historia confirma que las obras (aún las más necesarias) se han hecho siempre después del desastre. De episodios que (de haber estado las obras antes) tal vez no hubieran acontecido. Sólo dos ejemplos: las primeras redes de agua corriente se establecieron en 1869, luego de que dos brotes de cólera (en 1867 y en 1868, respectivamente) llegaran a matar cientos de vecinos. Algo similar pasó con las cloacas: se construyeron al compás del impulso sanitarista que siguió a la gran epidemia de fiebre amarilla que, en 1871, mató a miles de vecinos más.
Salvando las distancias, actualmente también la obra pública parecerÃa operar “por demanda†y como las inundaciones en Buenos Aires aún no han alcanzado dimensión de tragedia, todo está prácticamente intacto desde hace casi un siglo. Asà lo precisa el ingeniero Pablo Bereciartúa, titular de la cátedra de Riesgo HÃdrico en la Facultad de IngenierÃa de la Universidad Nacional de Buenos Aires y -hasta hace tres meses- Director de Infraestructura de la ciudad. “Las últimas grandes obras que se han hecho en Buenos Aires datan de 1940. Desde esa fecha, sólo se han hecho algunas estaciones de bombeo de agua y algunos muros de protección en la zona de La Boca y Barracasâ€. Sin embargo, tal vez más grave que la ausencia de avance en la infraestructura sea la falta casi total de datos en base a los cuales tomar decisiones. “La ciudad de Buenos Aires tiene muy pocas redes de monitoreo. No se mide lo hÃdrico, como para poder entenderlo bien y regularlo. No hay datosâ€, advierte Bereciartúa. “Sobre eso, se avanza a ciegas y  siempre se confÃa en la realidad mágica: alguien piensa que puede tomar decisiones en el absoluto vacÃo de conocimiento técnicoâ€.
Asà y todo, la ciudad cuenta con un Plan Hidráulico formulado y puesto en marcha dos gobiernos atrás. El primer gobierno consiguió un préstamo del Banco Mundial, su sucesor lo puso en marcha y la actual gestión adjudicó las obras. Esquemáticamente, el plan implica la construcción de dos grandes túneles aliviadores del arroyo Maldonado que –en teorÃa- cuando llueva llevarán el excedente de agua hacia el rÃo. La licitación de esta obra gigantesca (para la que el Banco Mundial concedió a la ciudad un préstamo de US$ 130 millones) fue ganada por la compañÃa italiana Ghella, socia de otras dos empresas locales (IECSA y Creaurbán). IECSA se especializa en la construcción de grandes obras públicas; Creaurbán levanta torres a mansalva. Las dos más altas de Puerto Madero llevan su sello. Hasta hace un año, ambas empresas pertenecieron al padre del actual jefe de gobierno, Mauricio Macri. Hoy las maneja el arquitecto Angelo Calcaterra, su primo hermano.

La ciudad de Buenos Aires se asienta sobre la pampa deprimida, una planicie llena de arroyos, riachuelos y humedales, ahora cubiertos completamente por el crecimiento urbano. © Alejandro Gómez/Flickr Creative Commons
La quimera del lago. Hace ocho años – dos meses antes de que Wenceslada y sus compañeras murieran ahogadas- un grupo de vecinos de Puente PacÃfico concluyó que las soluciones mágicas aportadas por las autoridades terminaban siempre en lo mismo: la esquina de Santa Fe y Juan B. Justo convertida en un lago monstruoso. “Un lago. ¿Y por qué no?â€, pensaron. Al principio, la idea pareció inverosÃmil pero con el correr del tiempo y la incorporación al debate de más y más vecinos (entre ellos, geólogos, ingenieros, ingenieros hidráulicos, biólogos, etc.) comenzó a tomar forma. Y terminó llamándose Proyecto Lago PacÃfico.
Este plan incluye la creación de un lago artificial de 700 metros de largo en una zona actualmente ocupada por terrenos baldÃos. El lago estarÃa dividido en dos partes: la más profunda serÃa un lago permanente, rodeado de árboles y sendas para bicicletas, y la menos profunda serÃa un “lago embalse†que se llenarÃa con el agua de lluvia. Este segundo lago, según se lee en el proyecto, tendrÃa “una capacidad de embalse de 250.000m3 de agua, volumen suficiente para enfrentar las inundaciones en el barrioâ€.
La idea contó con el apoyo de la Universidad Tecnológica Nacional, reunió 11.800 adhesiones de vecinos y en 2004 incluso llegó a tener el apoyo de 40 de los 62 legisladores de la Ciudad. Sin embargo, el proyecto no pudo superar el debate en las comisiones. Alguna vez, a las reuniones de vecinos “pro lago†asistÃan 300 personas; hoy, con suerte, suman veinte o quince. “Nos cansamosâ€, admite una señora que no quiere dar su nombre. “Es imposible luchar contra la corporación de intereses armada por funcionarios y ejecutivos de empresas. Porque nosotros pensamos en los espacios verdes y ellos, en el verde dólarâ€.
Los que aún resisten están hoy aquÃ, en esta noche calurosa de viernes en la Fundación Alfredo Palacios, escuchando la voz del presidente de la Asociación Vecinal Lago PacÃfico, el arquitecto Rodolfo Rossi. El hombre tiene porte y altura de almirante inglés: tostado marino, la voz poderosa de quien dirige un barco. Lástima que el que conduce está, como él mismo dice, yéndose a pique. “El proyecto del Lago PacÃfico tiene muchas cosas a favor: es sencillo y cuesta una décima parte del proyecto actual. Pero tiene una cosa en contra: no permite hacer un negociadoâ€, ironiza. “En cambio el proyecto de los túneles aliviadores genera un negocio doble. Por un lado, el de los túneles y, por el otro, el de la venta de los terrenos que quedarán libres en la superficie luego de estas obras. En esas doce hectáreas se levantarán diecisiete torres y otras tantas cocheras. Desde hace cinco años nuestra asociación viene denunciando, además, la inviabilidad técnica del proyecto, a punto tal que un juez ordenó la paralización de las excavaciones. Pero el gobierno de la ciudad no se da por aludidoâ€.
Sin embargo hay quienes consideran, como Bereciartúa, los túneles sà funcionarán. “Hay un modelo fÃsico en escala y está bastante verificado que el proyecto funciona. Que los costos puedan ser objetados es otro temaâ€, argumenta. Pero para Rossi y todos los que están reunidos hoy aquÃ, los túneles no son más que otro coqueto castillo de aire. La última y tal vez más costosa versión del Palacio de Aguas Corrientes. “La justicia nos dio la razón, pero las obras siguen adelante. No sólo por el negocio, sino porque coincide con algo cultural muy nuestro: la idea de esconder. Eso es muy argentinoâ€, dice. Y baja la voz.“Yo estuve en esos túneles esta misma tarde. Ya hay filtraciones y para peor las excavaciones ya están llegando al acuÃfero Puelche. Lo van a contaminar. Y esto, en este momento en el que el agua a nivel mundial es un tema prioritario, se trata realmente de un crimen, de un crimen de lesa humanidadâ€.
Nadie aquà dice nada. Naufragio semejante no da para discursos.
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¿Increible el agua? Seguro que no. ¿Increible los hombres (funcionarios, autoridades, etc.)? Tampoco. Agua y hombres se encuentran en las cosas que nos pasan, en inundarnos cada vez que llueve, algo que sucede del principio de los tiempos y que, al parecer, por estos lares todavia no sabemos sobrellevar. Muy bien x esta cronica y muy bien por la revista (no la conocia)