Janet Jarman – Los Hijos de la Laguna

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La administración del agua es uno de los problemas más graves que afectan a la Ciudad de México. Inundaciones, líquidos contaminados y falta de potabilidad afectan no sólo a los habitantes del D.F., sino también a las regiones aledañas. Raúl Tortolero, ganador del Premio Nacional de Periodismo otorgado por la ONU –entre otras organizaciones- da un panorama difícil, pero a la vez esperanzador, sobre este valle que alguna vez fue verde y que hoy es gris.

Fotos por Janet Jarman, texto por Raúl Tortolero

De cara al espejo del lavabo, la boca con espuma de la pasta dental, las manos húmedas, leo un mensaje de teléfono celular: “ke onda? inundados otra vez? uds. los chilangos y sus aguas negras, no ke muy de vanguardia? Jaja…†se burla César, un amigo economista, desde Monterrey, enclave al norte del país, donde han alcanzado casi el 100% de tratamiento de sus aguas residuales. César alude a las demoledoras inundaciones que ocurrieron en la zona este de la capital, en los primeros días de febrero de 2010. Sabe, además, que los habitantes de la Ciudad de México estamos atrasados en saneamiento de agua. Apenas se trata un 10%, pero el gobierno capitalino está haciendo cambios importantes.

Escupo las burbujas blancas. Cada vez que veo a estos jabones huir por los tubos, recuerdo las montañescas formaciones de grasienta espuma -más de 10 metros de alto- que vi bañando los elotes, las alfalfas y los frijoles de los sembradíos a 60 kilómetros al norte de mi ciudad, en el Valle del Mezquital, en la provincia de Hidalgo.

Desde hace más de cien años los ajados campesinos conviven ahí con la mierda que les obsequian los capitalinos. Ahí va a dar todo. La materia orgánica les ha servido para fertilizar sus tierras. Mas, pese a sufrir frecuentes infecciones, no están conscientes de la cantidad de bacterias y metales pesados que arrastran tales aguas, y de cómo han erosionado sus ejidos.

Luego orino. Activo la válvula 1 de mi excusado (la 2 es para la popó) y siento culpa. No sé qué pensarían de esto Freud o Jung, pero en el nombre de todos los chilangos –habitantes de la Ciudad de México- quisiera gritar en la ventana, pidiendo disculpas a la gente del Valle del Mezquital. Hace unas semanas fui por allá, y olí, y me dio asco ver lo que causamos en la presa Endhó: un negro espejo mortuorio que está podrido desde 1975, cuando el Túnel Emisor Central empezó a descargar ahí las aguas negras.

Este ducto, también llamado “drenaje profundo†de la Ciudad, ahora está semitapado por la basura y deteriorado por la falta de mantenimiento. Ya no cuenta con una capacidad de desalojo suficiente, y por ello las aguas negras se regresan e inundan los barrios. Marcelo Ebrard, el jefe de gobierno de la Ciudad de México, ya le está dando mantenimiento. Algo que, antes de su gestión, se dejó de hacer por años.

Esta forma de vida nuestra es poco sustentable. En mi infancia bebíamos agua de la llave en el patio de la escuela y un médico nos recomendó:

- Hey, niños, cuando se cepillen los dientes, que sea sin pasta. Contiene químicos que poco a poco muelen el esmalte dental.

Luego de decirlo se marchó.

Tal vez esas pastas no carcoman los dientes, pero sí al medio ambiente.

“Aki escupimos la espuma 18 mills. de personas –contesto a César-, y nos inundamos, y en el Mezkital se erosiona todo, wey…â€.

Ya que nos agobia este desastre, deberíamos corregirlo entre todos. Ciudadanos y gobiernos. Tendríamos que reprogramar la mente. Bañarnos y lavar todo a la antigua, sin contaminar, sería provechoso: podríamos usar lechuguilla, una planta que produce espuma. O lavarnos el cuerpo con unos tubérculos llamados “amolesâ€, que me fueron presentados por mi tío Panchito –campesino de 76 años- en la colorada sierra de Zacatecas. Una vez desenterrados, lavé ropa y me bañé con ellos. Me dio comezón, pero no contaminé ni una hormiga.

Claro que sanear las aguas negras no es la única prioridad en la Ciudad de México. También está la de ahorrar agua. Éste es un asunto de seguridad nacional, según el hiperactivo José Luis Luege, director de la Comisión Nacional del Agua e impulsor de cambios hídrico-ecológicos nunca antes hechos en la historia mexicana. Luege propone sustituir las regaderas actuales por otras “ecológicas†y adaptar los inodoros instalándoles válvulas de doble flujo, que gastan poca agua para orina y un poco más si se trata de popó. Además, claro, invita a acopiar el agua que normalmente dejamos correr en la ducha –cuando esperamos que se caliente para bañarnos-, a enjabonarnos con la llave cerrada, y resolver las fugas de líquido en las casas -allí es donde más agua se tira, por falta de educación ecológica- y en la red del drenaje, ya que en la ciudad se pierde casi un 40%. Por último, quiere construir el Túnel Emisor Oriente –otra gran salida de aguas residuales de 7m de diámetro y 62km de largo-, y sanear las aguas residuales cuando desemboquen en la megaplanta de tratamiento de Atotonilco de Tula -en Hidalgo-, una vez que esté lista en el año 2012.

Activismo precolombino. Los aztecas -ese pueblo que una vez llegara al Valle de México para quedarse y que más tarde, en el siglo XVI, fuera invadido por los españoles- tuvieron una gran conciencia ecológica.

Los creadores de las órdenes guerreras de jaguares y águilas -que solían prepararse con largos ayunos y sacrificios corporales incluyendo perforaciones de la lengua, el pene y las orejas- convivían con su entorno lacustre, azul turquesa, sin destruirlo. A lo largo de cientos de años mantuvieron sus chinampas: originales técnicas de cultivo que consistían en pequeños rectángulos artificiales de tierra fértil flotando sobre lagos. “Al estar sobre el agua, la humedad impregnaba las chinampas facilitando las labores de riego y logrando una enorme producción de calabazas, frijol, maíz, otros vegetales y flores†explica el doctor en Medio Ambiente Nicolás Sánchez, en referencia a todos aquellos productos que, combinados, hacían más sustentable la agricultura y la vida.

En el pasado azteca, en época de lluvias se formaba un gran conjunto lacustre de 2000 km2, donde se unían cinco lagos: Texcoco –el único salado y el mayor, y donde estaba Tenochtitlán, la capital, en un islote-; Xochimilco, Chalco, Xaltocan y Zumpango. Así se vivía, comerciando en angostas canoas, pescando y conviviendo con el medio ambiente sin depredarlo.

Las inundaciones eran la otra cara de ese modo de vida (y lo siguen siendo). Para evitarlas -y para que no se mezclaran las aguas salobres de Texcoco con las dulces de los demás lagos- en 1450 Tenochtitlán construyó el Albarradón de Nezahualcóyotl, dique de 22km de largo que servía para controlar las aguas del Texcoco.

Sin embargo, a la Colonia –que llegó después- le convenía más la desertificación de los mantos acuosos. Por razones de control político, a los españoles les era más útil erradicar las aguas, así que fueron buscando la forma de drenarlas. El resultado de tal tendencia, y de un monstruoso centralismo, es que en la actualidad -de los cinco lagos mencionados- sólo queda una parte en Xochimilco y otra en Zumpango. Las migajas que restan de Texcoco se mantienen en parte con agua tratada. Si bien existe un proyecto para recuperar este lago, rodeándolo de un parque, lo demás ha sido desecado y poblado.

Vista desde el Google Earth, la zona ahora es una costra de concreto que impide que se reinfiltren las aguas a los acuíferos, tan ordeñados. Esto hace que las aguas rueden en las avenidas, ensuciándose y cogiendo bravura con la velocidad, desplazándose lejos, infringiendo alteraciones no deseables a los ciclos hídricos antiguos.

A lo largo del siglo XX se fueron construyendo diversos mecanismos de drenaje. En primer lugar, el Gran Canal de desagüe (una obra magna encargada por el presidente Porfirio Díaz), luego el Túnel Emisor Poniente (1962) y finalmente el Túnel Emisor Central, de 50km de longitud (1975).

El problema es que, si bien fueron importantes en su tiempo, en el presente todas estas obras han quedado rebasadas por las consecuencias del crecimiento poblacional. Si en 1975 habitaban el valle 8 millones de personas, en 2010 ese número asciende a 18 millones, lo cual se traduce en que la cantidad de agua ensuciada es mucho mayor, y los ductos para sacarla de aquí se han ido obstruyendo por la basura y el deterioro. Por no hablar de lo que pasaría si fallara el Túnel Emisor Central, una suerte de sistema nervioso central de la ciudad. Estudios actuales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) advierten que, si hubiera problemas con el túnel, quedarían cubiertos de aguas negras las sedes del gobierno federal, el palacio nacional, la sede legislativa, San Lázaro, los juzgados, la zona financiera, el edificio de gobierno capitalino, innumerables templos, joyas coloniales y museos, el aeropuerto internacional, y grandes concentraciones habitacionales en Aragón, Iztacalco, el centro histórico, la Ciudad Deportiva, la Ciudad Nezahualcóyotl y Ciudad Azteca.

Para que esto no suceda, actualmente se está construyendo una obra de gran envergadura, la más importante de la historia mexicana, llamada Túnel Emisor Oriente, que evitará inundaciones catastróficas.  Y si bien hay un cierto consenso respecto de la utilidad de este nuevo gran ducto, hay opiniones críticas. El mismo secretario de Agua y Obra Pública del gobierno del Estado de México, David Korenfeld Federman, ha declarado que “el Emisor Oriente es una vía más de salida que alivia la posibilidad de inundaciones, pero no erradica ciertos problemas de origen que tiene el tema de drenaje en la zona metropolitanaâ€. No tan pesimista, en cambio, el Presidente Felipe Calderón ha dicho que el TEO acabará con las inundaciones en el 2012.

Bebiéndonos el subsuelo. En México, hundirse y consumir agua potable son dos cosas que por desgracia han ido muy unidas. El hundimiento de la ciudad de México -10cm por año, sobre todo en las zonas centro y oriente- es una consecuencia de la sobre explotación de los mantos acuíferos que viene sucediendo desde hace décadas. Y esa explotación voraz, a su vez, es una consecuencia de la búsqueda de agua para beber.

De acuerdo con el ingeniero Antonio Fernández Esparza, experto en agua potable de la Comisión Nacional de Agua (Conagua), los habitantes del valle beben fluidos provenientes de diversas fuentes: un 24% viene de la planta potabilizadora del Cutzamala –que es agua superficial-; un 8% del acueducto de Lerma –agua subterránea-, un 2% de manantiales y de la presa Madín –en el estado de México- y un abrumador 66% llega de pozos profundos. Hay más de mil pozos en la ciudad, y cada uno de ellos es una suerte de popote que chupa la sangre de lo hondo de la tierra. Ésta, a su vez, al quedar adelgazada se compacta, dando lugar al hundimiento.

Esta inmersión no tiene remedio. Aunque se inyectara artificialmente agua tratada en los acuíferos, la ciudad no se volvería a “levantarâ€. Una de las tantas consecuencias de este hundimiento es que ahora hay que bombear las aguas negras hacia Hidalgo, cuando antes bastaba con la pendiente natural para desalojarlas.

Qué son exactamente las “aguas negras� Cada día, los 18 millones de habitantes de la ciudad de México y municipios conurbados en el vecino Estado de México usan más de 300 litros de agua potable por persona para beber, higienizarse y evacuar sus restos orgánicos. A su vez, todos esos desechos -725 millones de metros cúbicos anuales- llegan a Hidalgo como aguas negras con nitrógeno, fósforo, grasas, aceites, coliformes fecales, huevos de helminto y ciertos niveles de metales pesados.

Investigaciones de la Universidad Mayor de San Simón detallan los efectos nocivos de los metales pesados en el organismo humano: la exposición prolongada al arsénico podría generar cáncer en la piel o en los pulmones (“El arsénico en el agua que se bebe causa lesiones y los niveles de concentración de arsénico en orina, sangre, cabello y uñas se consideran como marcadores de exposición†dice el informe); el cadmio provoca daños en los riñones y en las enzimas, e interfiere en el sistema hormonal; el plomo afecta los sistemas nervioso y cardiovascular (además, las concentraciones altas de este metal impulsan un efecto adverso en la reproducción humana, ya que pueden afectar al esperma); y el mercurio presenta una elevada toxicidad, ya que sus componentes pueden atravesar fácilmente las membranas biológicas, en particular la piel.

Los metales, a su paso por las tierras, pueden ser retenidos en el suelo, o ser absorbidos por las plantas e incorporarse a las llamadas cadenas tróficas, para luego pasar a la atmósfera por volatilización. También pueden moverse a las aguas superficiales o subterráneas.

Esos fluidos se usan, al menos desde hace un siglo, para regar los cultivos en el Valle del Mezquital, un conjunto de 26 municipios donde viven 700 mil personas, en su mayoría sembradores. Es allí donde el apocalipsis hídrico luce en su máxima expresión decadente: montes de espuma de jabones, grasas, aceites, metales pesados y bacterias dañinas ruedan por aquello que una vez fueran bellos ríos y pudren vasos lacustres y presas. El ganado pasta y abreva entre verdosos moscardones peludos y perfumes fétidos a los cuales los guajiros se han habituado. Por todo esto, las leyes vigentes no permiten sembrar ahí cualquier producto, sino sólo aquellos que no hayan crecido al ras del suelo (como el maíz o la alfalfa, que si bien es un pasto no es para consumo humano). Los campesinos hidalguenses, sin embargo, siembran de contrabando col, betabel, brócoli, flores y nos regresan tales vegetales al DF, donde familias y restaurantes consumen los productos a gran escala.

En Hidalgo, mientras tanto, lo que queda es un suelo muy erosionado y un alto índice de enfermedades gastrointestinales, dérmicas y oculares. Según estudios realizados especializados en agentes patógenos contenidos en el agua –realizados por la Universidad de Navarra-, la contaminación puede causar cólera, tifus, disentería, disenteria amebiana, gastroenteritis, hepatitis o poliomielitis.

Asimismo, una investigación auspiciada por la London School of Hygiene and Tropical Medicine (Reino Unido) y el Instituto Nacional de la Nutrición (México), que incluyó estudios epidemiológicos en el Valle del Mezquital entre 1989 y 1997 -puestos para evaluar la normatividad vigente establecida por la Organización Mundial de la Salud, para el uso seguro de agua residual en la agricultura- mostró que quienes consumieron cebolla, tomate verde y chiles regados con aguas residuales tuvieron índices mayores de diarreas y de exposición a infecciones por Ascaris.

El Valle del Mezquital –a un paso de Tula- está asimismo contaminado en el aire por las cementeras y caleras, y en la tierra por la refinería.

La cara noble de esta historia, si la hubiera, es que la materia orgánica contenida en las aguas negras ha servido para abonar la zona. Hay incluso grupos que defienden estas aguas –para ellos, responsables de haber tornado un semidesierto en un vergel- ignorando su carácter insalubre y no sostenible. Y olvidando que, en tiempos prehispánicos, el agua era asumida como un “ser†por los beneficios que brindaba (incluso se adoraba a Tláloc, el dios de la lluvia y la fertilidad). Mientras que ahora, con el capitalismo depredador, es vista sólo como un bien a consumirse y desecharse.

Megasoluciones para megaproblemas. El gobierno del Distrito Federal ha hecho esfuerzos por mejorar la calidad ambiental. Por un lado, promovieron las “azoteas verdes†-con cultivos que dotan de oxígeno- y los transportes ecológicos como el metrobús o las bicicletas. Pero en materia hídrica hay un camino por recorrer. Con ese fin, el gobierno federal encaró –junto con los gobiernos del DF y el Estado de México- el Programa de Sustentabilidad Hídrica del Valle de México.

Este plan busca evitar la sobre explotación de los acuíferos, impulsar el ahorro y uso racional del agua potable, garantizar agua potable, facilitar la pronta evacuación de aguas de lluvia para prevenir inundaciones, y construir el Túnel Emisor Oriente y la planta de tratamiento de aguas residuales Atotonilco (en Hidalgo), dos obras monumentales, únicas en su tipo a nivel mundial, pero que estarán operando recién a partir del año 2012.

El plan, coordinado por Conagua, contempla edificar otras plantas de tratamiento menores en el Estado de México. Si sólo con la de Atotonilco se saneará el 60% de las aguas del valle de México, sumando las demás se lograría limpiar el 100%.

Es un salto enorme –como el paso de la bicicleta al avión-, tardío, pero indispensable, en el que se invertirán cerca unos 4.230 millones de dólares. El doctor Ernesto Espino, uno de los más grandes expertos en saneamiento de aguas en la Nación, integrante de la Comisión Nacional del Agua y responsable de los proyectos de las plantas de tratamiento de aguas residuales del Programa Hídrico del Valle de México, explica que la Planta Atotonilco -que se instalará en un terreno de 158 hectáreas- será una de las más grandes del mundo. “Atenderá en forma integral los problemas de administración de los limitados  recursos hidráulicos del Valle de México†asegura. Y agrega que beneficiará a las 83 mil hectáreas de riego en el Valle del Mezquital, y a sus 700 mil habitantes.

Claro que el proyecto arrastra dudas. ¿No sería mejor tratar el agua en cada municipio? ¿Por qué habría que llevarla del DF hasta Hidalgo, separadas por 62km de distancia? El doctor Espino responde que, como principalmente serán reutilizadas en el Valle del Mezquital, es mejor concentrarlas y tratarlas in situ. “De hecho, el tamaño y la ubicación de la Planta Atotonilco fueron seleccionados por encontrarse en un entorno óptimo para su construcción –esgrime el doctor Espino-, por su lejanía de zonas urbanas que pudieran verse afectadas por problemas ambientales, por contarse con acceso ferroviario para el suministro de cloro fuera de concentraciones poblacionales, y por la cercanía de bancos de calizas y cárcavas para la disposición de lodosâ€.

Se podría pensar que el agua negra de cada municipio no debería salir de ahí sino tratada, pero construir una planta saneadora en cada lugar presentaría desventajas -añade Espino-, como el alto costo de los terrenos, problemas ambientales por los olores que produce, el riesgo para la población por el manejo de cloro en zonas urbanas, los mayores costos de tratamiento mientras más pequeñas sean las instalaciones, y las limitadas posibilidades de disponer del agua tratada, sin riesgo de que más adelante la vuelvan a contaminar.

Ciudadano que habita en las inmediaciones de Tula, Hidalgo, Víctor Diaz considera que el proyecto de la planta de tratamiento Atotonilco será importante para su región. Participante en un foro convocado por el “Comité Ciudadano Toltecaâ€, sobre los beneficios de esta tratadora, declara que no se debe olvidar que durante décadas esta zona del estado ha sido la fosa séptica de la Ciudad de México y del Estado de México, y que si bien nuestra agricultura ha sido beneficiada, nuestra salud ha resultado perjudicada. Por ello, pide que se exija limpiar la Presa Endhó, que percibe como “un infierno de contaminaciónâ€, y también solicita un manejo adecuado de los lodos. Es decir, que el agua tratada sea usada en el campo y la industria, pero que no sea llevada de regreso al DF, como presuntamente se planea.

En cualquier caso, las soluciones hídricas demoraron en llegar al valle de México, pero al parecer, están ya en la puerta. Tal vez en 2012, al gozarlas, ya no guarde deseos de subir a la azotea a implorar a gritos disculpas a nadie.

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  1. Como siempre, los más desfavorecidos sufren las consecuencias de todo. Las autoridades prometen y prometen y nada pasa. Será que esta vez sí se va a solucionar el problema del agua? Tienen idea de cuánta gente se ha enfermado en esta área por causa del mal estado de las aguas y los sistemas hídricos? En fin, pregunto, vendrá realmente la solución el año que viene???

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