Adriana Lestido – Madres e hijas

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Las dolorosas bellezas de Adriana Lestido

Texto de Josefina Licitra, fotografías de Adriana Lestido

I

- En realidad todo pasa por la limpieza –dice-. Todo es un trabajo de limpieza para mí.

Adriana Lestido está de cara a un ventanal. Es un noveno piso. A través del vidrio puede verse, recortado, el barrio de San Cristóbal. Los techos, las terrazas, los alféizares: la ciudad entera está pálida de luz y esa luz llega –como una mano cansada- hasta el rostro de Adriana.

- A veces lo equiparo con lo que puede ser para un escritor la página en blanco. Pero para mí no existe la página en blanco. La página está llena de cosas y tengo que depurar. Es casi una tarea de escultor. Después de ese trabajo queda lo esencial y puedo verlo.

© Pablo Corral Vega

© Pablo Corral Vega

Sus ojos: dos rulos de sombra que no terminan de velarse con la llegada del día. El rostro de Adriana es oscuro incluso ahora, once de la mañana, barrio de San Cristóbal, los hombros quietos de los edificios bajo el sol.

- Y en esta etapa de mi vida siento que necesitaba hacer una tarea mayor. No me preocupa otra cosa. Lo único que creo es en la necesidad.

- ¿Qué necesidad?

- Necesidad de limpiarme.

II

Fueron años largos y fueron muchos. Antes de convertirse en una de las fotógrafas documentales más influyentes de las últimas décadas; de ser la primera fotógrafa argentina en recibir la prestigiosa beca Guggenheim (1995) y de ganar subsidios y premios como el Hasselblad y el Mother Jones, hubo en Adriana una primera foto. Y no fue suya sino de Dorothea Lange. Se trataba de uno de los tantos registros que Lange había hecho en tiempos de Gran Depresión americana: una mujer con sus hijos, sumida en la desesperanza de esos días terribles.

Adriana vio esa imagen y supo, antes en el cuerpo que en cualquier otra parte, que iba a ser fotógrafa. A fines de los ‘70 empezó a registrar niños en las plazas. Y en 1982 se inició como reportera gráfica en el diario La Voz, donde estuvo hasta 1984, cuando entró a la agencia Diarios y Noticias (DyN).

En el medio de todo eso, hubo una mañana.

Una mañana de 1982, en la que habían enviado a Adriana a cubrir una manifestación donde se exigía una respuesta por los miles de desaparecidos de la última dictadura militar. Adriana –quien había entrado a La Voz hacía una semana- tenía sólo veinticuatro años y una cámara. Eso fue suficiente para poder mirar: frente a ella había una madre y una hija con pañuelos blancos sobre la cabeza, gritando su dolor y su furia por un hombre -marido y padre a la vez- que aún no daba señales de vida. Ni las daría nunca. La escena reescribía, a su manera, la imagen de Dorothea Lange: el vacío, la soledad y el asco de existir armaban su geografía en ese par de mujeres.

Adriana tomó la foto.

Y sucedió el comienzo.

© Adriana Lestido, 1982

© Adriana Lestido, 1982

III

Hospital Infanto juvenil (1986/88); Madres Adolescentes (1988/90); Mujeres presas (1991/93); Madres e hijas (1995/98); El Amor (1992/2005): todas esas series y esos ensayos –realizados a lo largo de tres décadas- fueron reeditados en 2008 para formar parte de Lo que se ve (1979-2007), una exposición retrospectiva en la que Adriana trabajó durante dos años. Cada una de esas fotos, unidas entre sí por un hilván herido, formaba –y sigue formando- la postal de un universo roto; de una soledad que se presenta como un juego de muñecas rusas donde cada ausencia lleva adentro otra ausencia. Y donde en el fondo de todo está la belleza.

- Lo verdadero es bello, por más que sea terrible. Yo busco lo verdadero porque ahí, dolorosamente, siempre está la belleza. Aunque también busco la luz. Me adentro en la oscuridad para empujar hacia delante. Ese es el sentido de bajar hasta el infierno, ¿no? Empujar hacia delante.

La edición de esas fotos fue un ejercicio arqueológico; un trabajo exquisito puesto para descubrir, con la sola ayuda de un pincel, el hueso de las cosas. De las pilas de imágenes, de los descartes, de los meses de encierro, de los hallazgos, de la meditación, de las lecturas, de la memoria y de lo impronunciable salió, finalmente, Adriana.

Salieron ella y sus huesos.

- Siempre busco lo mismo –dice-. Siempre voy ahí: al centro. De alguna manera, creo que todos los trabajos anteriores fueron lo que debí atravesar para llegar adentro. Y después vaciarme, sacármelo de encima. Recién ahora, con las series Amor y Villa Gesell, estoy cerrando esa etapa.

En esa etapa, la que se está cerrando, hay fotos de mujeres. Pero lo que más hay, irrigando a cada una de las retratadas, es un padecimiento. Un viaje al confín de las cenizas, a un lugar donde brilla –única y triste- el alma de las cosas.

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© Pablo Corral Vega

Adriana dice que sí, que padece. Pero que ese tormento también tiene que ver con la ternura.

- Sí, sí, padezco un poco –sonríe-. No es que saque las fotos sufriendo, pero conecto con el dolor del otro y lo traduzco. El mío es un trabajo casi de médium, de canal, y para eso necesito estar liviana. Por eso hablaba de estar limpia. De alguna manera yo conecto desde el vacío. Y desde ahí, veo. Pero esa mirada no es un proceso intelectual. La cosa es más inconsciente. Yo no fotografío lo que vi, porque si ya lo vi… ¿para qué lo quiero en papel? En realidad, lo que quiero ver es lo que no ve mi ojo. Lo que percibo pero no llego a ver.

Para Madres e hijas, el ensayo que se presenta en Nuestra Mirada, Adriana trabajó durante tres años. A lo largo de ese tiempo siguió de cerca a cuatro mujeres con sus crías -Eugenia y Violeta, Alma y Maura, Mary y Stella, Marta y Naná- y logró meterse en el lugar sagrado de una relación templaria.

Adriana fue ellas. Adriana, a través de la lente, se vio a sí misma.

- De alguna manera, se trata de ser lo que estoy mirando. Olvidarme de mí y conectar con lo que está delante de mí, sea una persona o un árbol. Yo tengo que dejar de estar presente, el ego no puede estar, porque si no las fotos terminan siendo una confirmación narcisista. Yo quiero que no se me sienta. Que si alguien mira una foto pueda pensar que hubiera podido hacerla él. Yo creo que el creador debería ser anónimo, porque el creador real está conectando con otra cosa. El creador real debería dar las gracias por estar ahí.

La primera vez que Adriana vio las fotos de sus mujeres fue en un cuarto –su laboratorio- que ahora está encendido por el sol. Siempre revela de noche, en silencio, con el ventanal cubierto por unas persianas de lona gruesa. De ese encierro fueron saliendo, sin cáscara alguna, las imágenes: una hija de tres años consolando a su madre; la desesperanza en los ojos; un abrazo para siempre.

Un día las mujeres vieron esas fotos. Fue, dice Adriana, un momento duro.

- A Eugenia la fotografié desde que nació su hijita y hasta los tres años. Ella es madre soltera y fue muy angustiante; le cayó la ficha de lo angustiada que estaba cuando se vio. Y Marta se impresionó mucho. Es la única a la que le mostré el material editado en un sesenta por ciento y… Una cosa es ver las fotos sueltas y otra es ver la edición, el relato. Marta me miró y me dijo: ¿Cómo termina?

A veces, mirando sus fotos, se intuye que los cuerpos -las formas- son para Adriana el resultado de una transacción. Los cuerpos son la condición para que se presente el alma. Sin ellos no habría nada. Las imágenes de Adriana –madres, hijas, presas, niñas- muestran, entonces, lo que no puede ser dicho.

- Más que mirar lo femenino, mis fotos subrayan la constante ausencia de lo masculino –dice-. Será eso lo que estoy queriendo ver. Que el hombre está ausente. Incluso la última serie, la del amor, donde sí hay un hombre y tiene que ver con un hombre, la idea de ausencia, lo borroso, es fuerte. Y creo que si hay algo que para mí sanó, si se puede decir la palabra sanó, con todo el trabajo de la retrospectiva, es eso.

Eso. Sanó lo que no está.

Fotos de Adriana por Pablo Corral Vega

© Pablo Corral Vega

IV

La primera cámara en la vida de Adriana fue de su padre. Estaba guardada en el ropero de su casa, en el barrio de Mataderos, a pocos minutos del mercado de Liniers, el lugar donde se faena la carne vacuna en Buenos Aires. La cámara tenía fuelle y es de suponer que las fotos de la infancia –Adriana a los cuatro, cinco años- fueron tomadas con ese artefacto. Pero ella no recuerda a su padre con la cámara.

Sí recuerda lo otro. En 1961, él cayó preso por estafa. Ella tenía seis años; él 31. Él quedó en la cárcel de Caseros hasta que Adriana cumplió doce; ella iba a visitarlo. Luego creció. Estudió Ingeniería. Le gustaban las matemáticas, pero que en cuestión de meses la carrera le pareció un espanto. Adriana no entendía nada. Cursó las materias durante 1973, y mientras tanto empezó a militar en una franja estudiantil. Así conoció a Willy, un estudiante que leía a Marx, Lenin, Mao.

- Yo también leía –recuerda-, pero por obligación.

Empezaron a militar en la Vanguardia Comunista. A esa altura, Adriana no era valiosa como alumna, pero sí como militante. En Ingeniería había pocas mujeres y era importante que Adriana se quedara haciendo, digamos, cupo femenino.

- Mis responsables no me dejaban ir. Yo quería estudiar Psicología pero me decían está lleno de minas, ahí no servís. Y seguí en Ingeniería. Pasaron los años y ya no me acuerdo si estudiaba o no. Hasta que en el 76 llegó esa cosa de… Me fui de la facultad porque venía la proletarización.

Adriana ríe. Su boca es pequeña: un ojo de luz en un rostro en sombras.

- Dejé la facultad porque tenía que entrar a trabajar en las fábricas. ¡Dios mío! Empecé a buscar trabajo. Y trabajé un día en una fábrica textil, pero no lo soporté. En mi puta vida había cosido a máquina. Mi trabajo era cortar las hilachas de unas telas y reponerles los trozos de telas a otras compañeras. Hasta que un día dije a mis compañeros: no puedo. Bueno, me dijeron. Entonces estudiá enfermería; la revolución necesita enfermeros. ¿Pero no puede ser medicina? les digo. No: enfermeros, me dicen.

Adriana estudió enfermería durante un año. Hasta que un día, en unas prácticas, se murió un anciano y tuvo que preparar el cuerpo. Esto no es para mí, dijo. Y huyó. Y de alguna forma que ni siquiera ella recuerda del todo, llegó 1978. Que es lo mismo que decir el año negro.

- Desaparecieron Willy y un montón de amigos. Él tenía 29 y yo 23. Tiempo después decidí estudiar cine. Fue en el 79. Recién hace unos años me cayó la ficha de que su ausencia algo tendría que ver con mi trabajo. La necesidad de registrar las cosas con imágenes, supongo. De poner, ante lo ausente, la imagen. Empecé a hacer fotos el año en que Willy desapareció.

Los retratos hechos a lo largo de estas décadas son, siempre, en blanco y negro. Y ella dice que ese juego estético reescribe, a su manera, el lenguaje de los sueños: son pocos los sueños donde aparece el color. Porque las imágenes del alma, como las fotos de Adriana, sólo pueden suceder así: desnudas de todo.

San Telmo, Buenos Aires

San Telmo, Buenos Aires © Pablo Corral Vega

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Un comentario para “Adriana Lestido – Madres e hijas”

  1. Exelente trabajo, muy conmovedor. buena técnica. Demuestra lo humano y sensible de la profesional. Felicitaciones. Un saludo desde el Sur de Chile, Patagonia.

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