Adrián Pérez – La nueva ciudad vieja

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”El último conventillo”, llaman sus habitantes a esta casona de 34 habitaciones en La Boca. © Adrian Pérez

Tenemos el agrado de presentarles estos dos reportajes sobre San Telmo y La Boca -los barrios más antiguos de Buenos Aires- que fueron realizados para la revista National Geographic de Latinoamérica por Adrián Pérez y María Mansilla. La edición fotográfica, hecha por Susan Welchmann para Nuestra Mirada, es totalmente diferente a la que se publicó originalmente.

Adrián, editor de fotografía del periódico Página 12, ha continuado con este proyecto con la idea de publicar un libro sobre la ciudad en la que habita. Aquí pueden ver una selección más amplia de fotos con música de Astor Piazzolla.


La Boca

Fotografías de Adrián Pérez, Textos de María Mansilla

Hay un lugar en este planeta donde decir “boca” no es hablar de anatomía, ni de hambre, ni de besos. A la altura del paralelo 56 y debajo del Trópico de Capricornio, la palabra se escribe con mayúsculas. Pronunciarla es nombrar un barrio de Buenos Aires y, al mismo tiempo, un club de fútbol argentino. Pero no cualquier barrio; tampoco cualquier equipo. La historia que los une tiene más de cien años, y es necesario contarla porque ya no se la encuentra, a simple vista, por sus calles.

Desde la rambla de La Boca cuesta imaginar que esta terminal de barcos oxidados haya sido un puerto internacional; que este río inmóvil, el Riachuelo, haya alimentado a su gente. Pero cuando uno se sumerge en sus caminitos, La Boca desnuda, todavía, la otra cara: bohemia, obrera, anarquista, pueblerina, parecida a la pequeña Italia que parieron los exiliados de la Europa de siglo XIX. Las casas de chapa y madera son su patrimonio. Pero no el único. Hoy, el pulso del barrio está principalmente marcado por un gigante de cemento: el estadio. La pasión por Boca Juniors acelera el pulso de los 43.413 vecinos cada vez que el equipo juega de local.

El club, que se fundó en 1905 por iniciativa de cinco italianos, podrá contar a Maradona entre sus hinchas y tener la celebridad internacional del Manchester United. Pero hay un secreto que lo vuelve único: sus seguidores conservan un valor de otros tiempos que es la incondicionalidad. Y el carácter. Tanto que, según la leyenda, a fines del 1800 fue fundada La República de La Boca en oposición a una represión obrera desatada por el presidente de turno. El intento independentista no habría durado ni un día, pero los boquenses todavía actúan como si estuvieran en un mundo aparte. Como si vivieran en Roma en la época del Imperio.

Bombonera. Minuto cero. Boca juega de local. © Adrian Pérez

Bombonera. Minuto cero. Boca juega de local. © Adrian Pérez

“Uno no tiene derecho a morirse sin haber visto un súper clásico entre Boca y River. Claro que ese último y necesario acto de la existencia no debe concretarse en cualquier escenario, debe ser indefectiblemente en la Bombonera”, sentenció el diario inglés The Observer. Ubicarse en la popular es toda una experiencia: las arengas, los cánticos y los chiflidos de los hinchas hacen vibrar todo el estadio. “Cuando hay un gol, es terrible. Trato de cuidar que no se descontrole, pero soy el primero en pararme arriba de la mesa”, dice Augusto Randazzo, dueño del antiguo Bar Roma, una suerte de “escenario paralelo” donde se juega el partido. Los días de clásico las mesas no alcanzan y muchos parroquianos quedan afuera, con la nariz pegada al vidrio del local.

Augusto es descendiente de sicilianos, y vaya si conserva su abolengo. En 2001, plena crisis económica nacional, decidió alquilar y reabrir este bar. “Mis amigos me preguntaban: ‘¿Cómo vas a poner tu plata acá?”, recuerda Randazzo. Pero él siguió con su plan, que incluía una modernización, hasta que los vecinos –como los amigos- también opinaron. “¿Cómo va a hacer eso? –dijeron- ¡Es el Bar Roma!”. A ellos, Augusto sí les hizo caso. Luego de quitar 25 capas de pintura de las puertas, se convirtió en coleccionista de historias. Entre ellas, una que jura que aquí estuvo el genial cantor de tango Carlos Gardel.

Raúl Bozzo es su cliente, conocido porque habla zeneizi, el dialecto genovés que  en tiempos de inmigración sonó por estas calles más que el castellano. “Me probaron en River, y entré. Mi abuela, fanática de Boca, me mandó una maldición: U se ga de rumpe a gamba (Este se tiene que romper las piernas) –rememora Bozzo-. Durante el primer partido me fracturé el menisco, y nunca pude volver a jugar.”

A 100 metros del estadio de Boca, se juega otro partido. © Adrian Pérez

A 100 metros del estadio de Boca, se juega otro partido. © Adrian Pérez

Rivera Sur es otro cafetín esquinero. Allí los mozos –como siguieran las órdenes ocultas de algún árbitro- bajan las persianas apenas empieza el partido. Lo único que brilla es un disfraz típico de carnaval que viste a un niño que se llama Diego (como su ídolo, Maradona), que ocupa las primeras mesas en este antro de hombres grandes que fuman y aplastan sus nervios contra el piso. Antes de que el televisor grite: “¡Gol!”, los 400 metros que rodean al estadio se inundan con los rugidos de la hinchada; la intensidad del movimiento sísmico indica de qué equipo fue el acierto. Randazzo, del Bar Roma, seguro ya festeja desde lo alto de una mesa.

La bandera de Suecia se ve por todas partes en La Boca; sus colores, que llegaron a su costa en el mástil de un buque sueco, inspiraron la identidad del club. Están en la ropa de la gente, en el frente de las casas, en el atrio de una iglesia. Todos se rinden a su juego de tonalidades. Hasta Coca Cola, para entrar al estadio se cambió de camiseta: renunció al rojo, sinónimo del rival de Boca, por la neutralidad del negro.

En el conventillo se escucha el partido aunque uno no quiera. El relato sale de la radio y se refresca con la ropa de las sogas que, como banderines, atraviesan el patio donde alguna vez las mayólicas temblaron de tanta zarzuela, esa dramática música que trajeron los españoles. Matilde Orellana lo soporta con paciencia, igual que al bandoneón que canta en su ventana hasta embriagar a los turistas. “Mi marido y yo vinimos de Salta en los 90, porque conseguimos trabajo en un supermercado, éramos camareros del fast food”, cuenta Matilde. Al poco tiempo, cuando los echaron, fueron a parar a Villa 31, el asentamiento más grande de la ciudad. Luego llegaron aquí, al “último conventillo”, el único de los que mira a Caminito, el corazón de La Boca, que no fue capturado por la voracidad de la industria del turismo.

La Boca sigue siendo un barrio tanguero, anarquista, pueblerino, marginal. © Adrian Pérez

La Boca sigue siendo un barrio tanguero, anarquista, pueblerino, marginal. © Adrian Pérez

El empresario Mauricio Macri, ex presidente de Boca, jefe de gobierno porteño. © Adrian Pérez

El empresario Mauricio Macri, ex presidente de Boca, jefe de gobierno porteño. © Adrian Pérez

“Vivimos con el corazón en la boca -retruca Matilde-. Los conventillos están siendo desalojados, y es lo que quieren hacer con nosotros. Pero no tienen los argumentos todavía, porque acá se deben añares de impuestos. Entre el Gobierno de la Ciudad y los sobrinos del dueño debe haber una pelea interna bárbara: están perdiendo plata con nosotros adentro. Tengo siete chicos y no me alquila nadie, ese es mi problema.”

Toda La Boca está formada por tribunas enfrentadas. Alrededor de Caminito, los 100 metros más turísticos de la ciudad, conventillos restaurados for export se rozan con los de verdad, que sostienen como pueden la amenaza del derrumbe. El viejo puente une Capital Federal, el distrito más rico, con la provincia de Buenos Aires, uno de los más pobres. El club brilla con murales de artistas famosos mientras que, enfrente, puede verse otro mural estampado con hollín. Mundos paralelos conviven en La Boca, y se gritan, se atraen, se reprochan.

“Mi padre era trabajador portuario en las épocas de oro de La Boca. Yo fui su asistente. Recuerdo que, por momentos, no había lugar para amarrar los barcos. Esto ha cambiado casi por completo. Nos robaron el barrio. Antes era toda una familia, vivíamos en casas de madera a las que les decían conventillos. Ahora vivimos en conventillos de cemento”, rezonga Antonio Accinelli, sentado junto al teléfono de emergencias de los Bomberos Voluntarios de La Boca. Según ellos, son el cuerpo más trabajador del mundo: apagan un incendio por día, la mayoría de ellos en viviendas de madera y cartón.

¿Quieres ir de una orilla a otra del Riachuelo? Pues súbete al bote público. © Adrian Pérez

¿Quieres ir de una orilla a otra del Riachuelo? Pues súbete al bote público. © Adrian Pérez

¿Qué futuro le espera a este viejo barrio de inmigrantes? © Adrian Pérez

¿Qué futuro le espera a este viejo barrio de inmigrantes? © Adrian Pérez

La sangre se renueva en las arterias de La Boca: la mayoría de su gente tiene entre 20 y 30 años, según el recuento oficial. “Cuando decís que te mudaste acá, la gente se asusta”, cuenta Nora Mouriño. Vive a 50 metros del estadio y ya se acostumbró a barrer los papelitos de la hinchada que el viento sopla hasta su patio. Ella y Martín Otaño, su pareja, integran la compañía de teatro Catalinas Sur, nacida de un encuentro de vecinos para montar una obra escolar. Desde entonces, llevan 22 años juntos relatando historias de inmigrantes. “En la obra interpreto a una gallega, y mi mamá es gallega -repasa Nora-. Nunca me había interesado por su historia, y el grupo te permite eso. Es más: uso sus guantes de casamiento, su chal. Ella siempre viene a verme, y cómo llora con la escena de la llegada…“

Por estos años, se está apagando la primera generación nacida y criada en La Boca, descendiente de los barcos, como dicen por acá. Y el encargado de darles la última palmada es Federico Cichero, presidente de la casa velatoria más antigua, fundada en 1889. Cichero tiene 98 años, este fue el único trabajo de su vida, y vendió la empresa familiar con una condición: que le permitieran seguir trabajando, hasta que… pueda. Como el dinero no es el único bien de cambio en La Boca, los nuevos dueños, naturalmente, respondieron que sí.

Cichero está ocupado, su teléfono no deja de sonar. “Trabajamos con gente que se fue de La Boca pero que, como ha vivido acá, no ha perdido la costumbre de volver a la casa -cuenta fríamente-. Muchísimos me han pedido arrojar sus cenizas al estadio. Mi yerno fue uno de ellos. Como en esa época ya no lo permitían, las cenizas estuvieron depositadas en bóveda dos años. El hijo, fanático boquense también, nunca dejó de estudiar de qué manera cumplirle el último deseo a su padre. Hasta que consiguió ayuda. Un empleado del club las esparció detrás del arco, aunque no sabría decirle de qué forma” .

-   Y usted, ¿sueña con lo mismo?

-   Pero tendría que ser en la cancha de River. Porque yo no soy de Boca.


Servicio religioso en la iglesia ortodoxa © Adrian Pérez

Servicio religioso en la iglesia ortodoxa © Adrian Pérez

San Telmo

Un recorrido por las calles, los vecinos y los profundos dilemas de San Telmo, el barrio más antiguo de Buenos Aires.

Estaría lleno de herejes. Si la melancolía fuese, como en el Renacimiento, un pecado capital, San Telmo –considerado el casco histórico de Buenos Aires- estaría lleno de gente ardiendo en la hoguera. No sólo por el nombre sacro de este barrio, ni porque la zona sigue sembrada de iglesias –apostólicas, luteranas y ortodoxa rusa- sino también porque los cambios y los aires modernos que llegaron al barrio –con casonas levantadas en el siglo XVII- le tuercen el ánimo a más de un vecino. A algunos, la melancolía les inyecta el impulso necesario para refundar el territorio. Pero a otros, hijos pródigos de una ciudad saturada de tango y psicoanálisis, la añoranza se les convierte en angustia por lo que ya no volverá a ser como antes. “Vos a San Telmo lo querés porque vivís en él, pero también porque es la raíz. Cuando vas entendiendo que acá empezó la cosa, lo resignificás como tu lugar”, explica Pablo Ortiz, de la Asociación de Amigos de la Plaza Dorrego, un espacio considerado el corazón del barrio y declarado monumento histórico nacional.

Las guías turísticas –que aquí son más leídas que la Biblia- afirman que sin domingos no hay San Telmo. Es cierto. Ese día los adoquines más viejos de Buenos Aires, los de la calle Defensa, son testigos de una diversidad cultural, sexual y étnica propia del aeropuerto de Frankfurt (la diferencia es que acá no existen salones VIP y las mesas de los bares se comparten) y asisten a situaciones inclasificables: en octubre de 2006, una de las hijas de George W. Bush almorzaba tan relajada, que ni ella –ni los miembros del Servicio Secreto estadounidense- se percataron de que le estaban robando la cartera.

“¡Polanski y Buñuel estarían felices! Sabrían encontrar personajes a los que se vería bien circulando por este barrio”, afirma Manuel Antín, director de la Universidad del Cine que desembarcó hace 16 años en San Telmo, cuando este territorio era tan peligroso que nadie se animaba a asegurarle los equipos. Hoy, el 46 por ciento de sus estudiantes son extranjeros, de los cuales más de la mitad viene de Europa. “Llegamos buscando un espacio con temperamento porque el cine también es decorado –explica Antín-. Hay otros lugares que tienen encanto, pero este tiene un encanto más vetusto, más profundo”.

- ¿Más melancólico?

- Puede ser, porque todo lo valioso es melancólico. La alegría nunca produce obras de arte.

- ¿San Telmo es una obra de arte?

- Creo que sí.

Un souvenir para llevar de vuelta a Italia: un sombrero argentino. © Adrian Pérez

Un souvenir para llevar de vuelta a Italia: un sombrero argentino. © Adrian Pérez

Restaurar piezas de antaño, oficio que en este caso es herencia de familia. © Adrian Pérez

Restaurar piezas de antaño, oficio que en este caso es herencia de familia. © Adrian Pérez

“Me pregunto si seré como el cubano que toca salsa en el hotel internacional”, reflexiona Lucas Frontini, 24 años, contrabajista con peinado rastafari de la Orquesta Típica Imperial, con la que toca los fines de semana por aquí, luego de pasar a buscar por un parking el piano y de empujarlo hasta la calle vieja. “Al principio es odioso, todo el mundo se acerca a hablarte. Después, te acostumbrás –advierte Lucas-. Es alguna oportunidad, te propone más trabajo. Esto me cambió la vida: me permitió hacer tango, música que negaba, porque soy amante del jazz. De golpe me encanta porque es tuyo, es tu idioma.”

Por tocar sobre Defensa, la orquesta gana tres veces más dinero que recorriendo milongas, y hasta hubo personas extranjeras -su público ocasional- que luego oficiaron de anfitrionas durante sus siete giras por Europa (de hecho, cuando se hizo esta nota había un miembro de la banda en Toulouse, adonde había sido invitado por una persona del público). La panorámica que los músicos de la banda tienen frente a su escenario urbano incluye: un negocio de juguetes de hojalata, un banco, una galería de arte, cuatro anticuarios (de los 83 que hay en el barrio), un espacio de productos de jóvenes diseñadores, una parrilla, y una “santería y consultorio parapsicológico”. En una de las esquinas, una baldosa dice: “Aquí vivió Paloma Alonso, detenida desaparecida el 30-7-77 por el terrorismo de Estado” (la puso la asamblea vecinal surgida tras la debacle económica argentina, a principios de 2002) y en otra esquina, barranca abajo, flamea una antorcha que pertenece al edificio de la Confederación General del Trabajo. Ese fuego indica que allí estuvo el cuerpo (embalsamado) de Eva Perón.

Los tambores de la llamada, el tradicional carnaval uruguayo, se afinan con el fuego. © Adrian Pérez

Los tambores de la llamada, el tradicional carnaval uruguayo, se afinan con el fuego. © Adrian Pérez

Mario de Caro, 92 años, pianista estrella del Bar Sur. © Adrian Pérez

Mario de Caro, 92 años, fue el pianista estrella del Bar Sur. © Adrian Pérez

Flamenco, cuando duerme el rock and roll. © Adrian Pérez

Flamenco, cuando duerme el rock and roll. © Adrian Pérez

Sin la kermés de los domingos no hay San Telmo. Es cierto: es donde más trabaja el dedo índice de los devotos que guardan sus recuerdos en fotografías. En la Feria de Antigüedades, además de platos de porcelana se venden, con suma naturalidad, una bayoneta AK-47, una estola de visón, un billete de 1000 afghanis con la imagen del último rey Zahir Shah y una Mafalda –la de la famosa historieta- hecha muñeca.

Los edificios antiguos de San Telmo importan, sus restaurantes también. Pero el tercer motivo que acerca a los viajeros hasta aquí, según el gobierno de Buenos Aires, es “la gente”; su patrimonio social. ¿Qué tiene de especial su humanidad? “La mezcla -responde José María Peña, 76 años, investigador de la arquitectura de San Telmo-. Algunos dicen que tenemos que tener cuidado porque entra gente nueva, y yo les digo: ¡La transfusión es necesaria! Un barrio no se puede congelar, tiene que seguir viviendo”.

No veo ventajas con esto de los turistas. Ha pasado el caso de un señor que venía a una reunión, no tenía la dirección pero pensó: `Voy a llegar igual, pregunto`. En dos cuadras, todos le contestaron en inglés. ¡No entendía nada!”, se queja un vecino de la Asamblea Popular San Telmo Plaza Dorrego, la agrupación que pegó la baldosa y que sobrevive no sólo por la prepotencia de quienes la conformaron sino porque todavía es necesaria: muchos comen gracias a su olla popular y estudian en sus cursos de alfabetización. “En realidad, ¡me tienen harto los turistas! Todo es para ellos”, agrega el asambleísta hasta que una mujer lo interrumpe para pedirle que al menos no se enoje con los que vienen en tren del “turismo social” y se vuelven uno más entre ellos. Comienza el verano en Buenos Aires, pero los vecinos tiemblan. Incluso esta agrupación –todo un símbolo-, teme, frente al furor inmobiliario, ser desalojada del terreno que le otorgó el gobierno.

El Dorrego, un clásico café esquinero porteño, de cara a la feria de antigüedades de San Telmo. © Adrian Pérez

El Dorrego, un clásico café esquinero porteño, de cara a la feria de antigüedades de San Telmo. © Adrian Pérez

Una vez que se cruza el perímetro que delimita el Área de Protección Histórica, San Telmo sigue siendo -como indicó el censo oficial de 2001- uno de los diez barrios más pobres de los cincuenta que componen Buenos Aires.  Pero no por mucho. Los hoteles familiares –que durante décadas hospedaron a clanes enteros en una sola pieza- están despidiendo a esa gente con vistas a recibir turistas y cobrar tarifas en moneda extranjera.

La recuperación de San Telmo comenzó a fines de los años setenta, a tono con los discursos que ponderaban el rescate de los cascos históricos. Como entonces no había albañiles a la altura de estas fachadas, los escenógrafos del gran Teatro Colón dieron una mano para reproducir las formas. Y luego, con el fin exclusivo de cuidar esta zona –que contiene el 40 por ciento del patrimonio arquitectónico de Buenos Aires-, nació la Escuela Taller del Casco Histórico. Allí no sólo trabaja y aprende la gente con vocación de restaurar: también se capacita a personas sin trabajo. Por eso, hombres que duermen en la calle y mujeres pacientes del neuropsiquiátrico Braulio Moyano se suman a la refacción de estos orgullosos edificios.

San Telmo aún sigue pensando cómo ser la nueva ciudad vieja, por eso no termina de definir su destino: no sabe si crecer o madurar. Todavía los vecinos de siempre se emocionan frente a las vidrieras de los anticuarios y se estrechan con los artistas que, carteles en mano, ofrecen “Abrazos gratis”. Nunca se aburren. Todo puede suceder aquí. Sin ir más lejos, Néstor Kirchner –entonces presidente de la Nación- tuvo que llamar al histórico Bar Británico para ubicar al sociólogo Horacio González, uno de los ilustres vecinos del barrio, con el fin de nombrarlo director de la Biblioteca Nacional.

San Telmo también fue y sigue siendo la cuna del argentino Premio Nóbel de la Paz, Adolfo Pérez Ezquivel. Y si afirmo todo esto en apenas unas páginas no es porque me lo hayan contado sino porque yo también vivo en San Telmo. Y juro que, gracias a Dios, el barrio sigue teniendo noche, rock, poesía y un corazón pagano que sabe que quien salve su alma, la perderá para siempre.

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