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Fotos por Facundo de ZuvirÃa, Entrevista por Pablo Corral Vega
Facundo de ZuvirÃa es fotógrafo por un error del destino. Viene de una familia de influyentes abogados y polÃticos. Estaba previsto que continúe con esa centenaria tradición familiar. Poco antes de graduarse de doctor en derecho él comunicó a su familia que se iba a dedicar a la fotografÃa. Facundo ha documentado durante décadas la ciudad de Buenos Aires: sus barrios, sus espacios, sus calles, sus escaparates, su geometrÃa. En el 2006 publicó un extraordinario libro en blanco y negro sobre Buenos Aires con el maestro Horacio Coppola, quien ese momento celebraba sus cien años de edad.
- ¿Cómo fueron los primeros años?
- Cuando cumplà seis años mi tÃa me regaló una cámara Kodak de cajón y ya nunca más pude desprenderme de la imagen. En el grupo de amigos yo era el que sacaba fotos. Recién a los 17 o 18 años me lo empecé a tomar más en serio, pero seguÃa siendo un hobby. Después estudié abogacÃa y mientras lo hacÃa sacaba fotografÃas de sociales, y de alguna manera me pagaba mi propio vicio. No se me ocurrÃa que ese pueda ser mi trabajo, ni mi pasión, ni nada. En mi familia les parecÃa todo muy simpático mientras fuera solo un hobby.
- Pero algún momento dejó de ser un hobby y se convirtió en tu profesión.
- Poco tiempo antes de recibirme como abogado declaré que querÃa dedicarme a la fotografÃa. Mi familia lo tomó como una catástrofe. Me costó tomar la decisión, pero la verdad es que lo único que yo hacÃa era esperar el fin de semana para sacar fotos. No estaba plenamente consciente de que estaba decidiendo mi destino, lo único que sabÃa es que querÃa experimentar, buscar distintos ángulos, posiciones, romper las formas convencionales de encuadre. Ya para entonces habÃa aprendido a revelar mis fotos, esa fue una gran revolución en mi cabeza.

El ciudadano, Alem y Viamonte, 1988 © Facundo de Zuviria
- ¿Qué temas te interesaban?
- Estaba descubriendo que en cualquier tema podÃa encontrar algo interesante. Fotografiaba lo que tenÃa a a mano, que era la ciudad. También empezaba a mirar libros. Sin que nadie me lo mostrara, descubrà a Rodchenko y la vanguardia rusa. Fue mi primera fascinación. Rodchenko me pareció genial, esa manera de torcer todos los ángulos, de trabajar con las diagonales, los ritmos y las geometrÃas. Yo predicaba -no sé ante quien- que con la fotografÃa uno tiene la posibilidad de hacer lo que quiere, que hay una libertad absoluta, que no hay por qué respetar los horizontes, ni las lÃneas, ni las composiciones clásicas. DecÃa que para respetar convenciones estaba todo el resto de la vida. En ese tiempo jugaba mucho con la idea, absolutamente real, de que uno reduce la realidad tridimensional a un plano de dos dimensiones, donde las profundidades se transforman en formas que tienen finalmente un sentido y un lenguaje propios que se descubren solo en una segunda lectura de la imagen.
- Tu mirada está marcada por el diseño.
- En realidad lo único que yo estudié fuera de abogacÃa en ese entonces fue diseño. Tomé un taller de diseño puro con Leonardo Aizenberg, un diseñador genial y muy loco, que tenÃa una única obsesión que era la simetrÃa. Estaba tan obsesionado que se peinaba con raya al medio, llevaba dos libretas, dos billeteras, dos juegos de llaves, dos lapiceras. Llevaba todo igual, por mitades, era un loco… y habÃa diseñado un auto simétrico que podÃa andar para adelante o para atrás y que tenÃa un volante adelante y otro atrás. Creo que la simetrÃa ha tenido mucho que ver en mi fotografÃa.
- ¿Y cómo surgen estas imágenes de Buenos Aires que presentamos ahora en Nuestra Mirada?
A veces uno parte de un concepto y sale a buscar cosas que calcen en ese concepto, pero en el caso de estas fotos salà como un cazador de imágenes, sintiendo que estaba imbuido de una misión personal: tenÃa que rescatar el espÃritu de Buenos Aires antes de que el tiempo lo arrasara.
- ¿Dónde está el espÃritu de la ciudad?
- Está en sus barrios. El Buenos Aires céntrico es cosmopolita, no necesariamente menos personal, pero la esencia porteña está en sus barrios. Está en esa cosa melancólica, en esa cosa de tango, está en la planicie, esa cosa de ciudad chata, ciudad de llanura con grandes espacios abiertos, está en el cielo. Es difÃcil encontrar la esencia porque pertenece a una ciudad mÃtica, una ciudad que fue, que ya no es. Es posible que ahora tenga una alma mucho más cosmopolita. Aquà habitan coreanos, chinos, paraguayos, bolivianos, peruanos, gente del interior. Pero lo esencial lo sigo identificando con el barrio y con eso ritos de barrio: el café, los amigos, el tango. No sé, una vida con más tiempo.

Vista desde el Kavanagh, 2000 © Facundo de Zuviria
- En tu libro Estampas Porteñas, citas una frase de André Malraux que dice “Buenos Aires es la capital de un imperio que nunca existió“.
- Esa frase nos define, define a Buenos Aires y define a la Argentina, en ese sentido de creernos tanto, tan grandes, tan importantes, de creernos el centro del mundo. Buenos Aires tiene las dimensiones de una capital de imperio pero detrás de esa ciudad heroica hay un interior bastante más chato, poco desarrollado, muchÃsimo más modesto. Uno esperarÃa que detrás de semejante ciudad uno tuviera un paÃs entero con otra pujanza en todo. A pesar de todo, Buenos Aires tiene una gran personalidad.
- Tú estás curando una reserva de fotografÃa para un importante banco local. Me mostraste hace poco imágenes originales (vintage) de algunos de los grandes maestros de la Argentina. ¿Cuáles son a tu parecer los grandes temas en la fotografÃa porteña?
La ciudad ha sido la protagonista en la obra de varios fotógrafos muy importantes. Está Gastón Bourquin, y obviamente está la fotografÃa de Horacio Coppola, quien fotografÃa la ciudad pero la usa como una excusa para encontrar su propia mirada. En los años treinta la ciudad vibraba con el modernismo, con los movimientos literarios, con Borges. TenÃa una gran movida cultural y Coppola surge como el mayor exponente de esa vanguardia. A principio de los sesentas Sara Facio y Alicia D’Amico hacen un libro estupendo con textos de Cortazar que se llamó Buenos Aires, Buenos Aires, una mirada muy personal, extraordinaria. Grete Stern hizo muchos retratos y también fotos de la ciudad. Hasta los sesentas los dos grandes temas eran los retratos y la ciudad. A partir de entonces surge una visión mucho más politizada, basada en la temática social, como podrÃan ser los retratos de Humberto Rivas. Y después surge la idea de autores, se habla de una foto autoral, en contraste con la fotografÃa comercial, como por ejemplo la de los retratos por encargo. De hecho, a Annemarie Heinrich se la despreciaba en esa época, por hacer una fotografÃa comercial, con esa técnica que ahora todos admiramos.
- ¿Qué te ha dado la fotografÃa?
- La fotografÃa me ha dado todo lo que soy. Dedicarme a ella fue la mejor decisión que tomé en mi vida. Me ha dado la posibilidad de entrar y salir en mundos completamente distintos al mÃo, mundos a los que no hubiera podido entrar si no fuese porque iba detrás de una cámara. He fotografiado la favela en RÃo de Janeiro y situaciones sociales muy difÃciles. He conocido casas, personajes y situaciones increÃbles. Por ejemplo, fui fotógrafo personal del Dalai Lama durante siete dÃas. Mi introducción al budismo fue a través de la fotografÃa. ImagÃnate semejante posibilidad, semejante privilegio. El último dÃa él me sacó la cámara del cuello y le pidió al traductor que nos tome una foto juntos, yo tenÃa los ojos llenos de lágrimas. Me escribió en un cartoncito una bendición para mi y toda mi familia. Y algo similar me pasó con Gorbachov. Aunque estemos solos en cualquier lugar, la fotografÃa nos ofrece una manera poética de mirar el mundo, da poesÃa a nuestra vida.
Etiquetas: arquitectura, arte, Buenos Aires
