This SlideShowPro photo gallery requires the Flash Player plugin and a web browser with JavaScript enabled.
A los 52 años, es uno de los fotógrafos emblemáticos de México. Se inició en el diario La Jornada y luego su trabajo fue creciendo hasta circular –en publicaciones o exposiciones- por todo el mundo. Con más de una decena de premios en su haber –entre ellos un Mother Jones-Francisco Mata es dueño de una mirada notable, sutil y reveladora a la vez. Asà lo demuestra su México Tenochtitlán, un maravilloso ensayo que ahora es revisitado, con pluma exquisita, por el escritor Fabrizio MejÃa Madrid.
Francisco Mata: los bultos, el incienso, el balneario, y lo eterno
Por Fabrizio MejÃa Madrid
México Tenoochtitlán nos cuenta una historia en imágenes. Comienza con la llegada. Dos pilotos apenas pueden ver las puntas de los volcanes sobresalir de las nubes. Allá abajo hay una ciudad que alguna vez estuvo sobre un lago y ahora nadamos entre gente. A veces es la gente la que te saca a flote; a veces es la que te hunde. Es un lugar en el que algunos se tienen que disfrazar de aztecas porque de paisanos nadie les darÃa un peso. Un lugar en el que sus habitantes sacan una bandera nacional y no están llamando a una guerra, sino a una fiesta. En el que la devoción al Niño Dios se expresa disfrazándolo de KikÃn Fonseca. En el que se viste al Niño Jesús aunque no se tenga para vestir a los hijos. Un lugar en que los niños de la calle se fingen muertos y te piden para su entierro precisamente porque no quieren morirse. En el que una adolecente vestida de olanes blancos no es una cursilerÃa sino los ahorros de los pasados tres años. Y seguimos hacia el lugar donde los homeless no acarrean un carrito de súper como en Nueva York, sino una guitarra, un tamborcito, o un acordeón. Es un lugar donde los caballitos de la feria son el transporte más rápido y eficiente de toda la ciudad. Donde a la Virgen de la Soledad la lleva una procesión de un solo hombre. Donde la estampita no es sólo de la Virgen sino que incluye al Santo. Es también el espacio de lo fantasmal de la noche en el que una mujer de minifalda puede ser o no una trabajadora del orgasmo o, de plano, no ser ni siquiera mujer. Es la fiesta borrada por el alcohol, la osucridad, los juegos pirotécnicos que difuminan el deseo que iluminan. Un lugar donde se hacen explotar cohetes para no disparar. Y llegamos a la penitencia, después de la juerga. El lugar que Francisco Mata encuadra es uno donde todo mundo puede representar a Cristo en La Pasión si se comporta como Jesús durante un año entero. Todo duele en México: las letras derrotadas de la canción ranchera, el tequila al entrar por el esófago, el chile a la lengua, y para, colmo, todo eso se baja con toques eléctricos. El paÃs faquir. Y hasta ahà llega la cámara de Mata y retrata a los niños que se dejan caer sobre vidrios. Sin sacrificio nadie cree en la recompensa. Se sufre como un Cristo cada dÃa en las correspondencias del Metro. Y eso redime. No somos como los policÃas que en La Pasión asumen su papel y se disfrazan de centuriones romanos, y se rÃen de nosotros. Muy frecuentemente las fotos retratan a gente cargando grandes bultos. Es el signo del esfuerzo del que jamás desconfiaremos. Sólo el éxito es motivo de sospecha.
La historia pasa ahora a la vida aglomerada y caótica en un balneario. No somos guapos, y estamos pasados de peso, nuestros trajes de baño con bermudas con cinturón de hebilla, pero nos divertimos. En el balneario de Francisco Mata —acaso de las fotos más reproducidas en el diario La Jornada— la diversión es la gente misma, el espectáculo de su amontonamiento en el agua, de ser ingrediente principal de un caldo al que se le llaman vacaciones en familia. Y ahà estamos con nuestras llantitas de inflar en la alberca atestada y lo que unifica es que al fotógrafo se le saluda o se le mienta la madre, dos formas de decir lo mismo: ya te vimos viéndonos.
De pronto ya estamos en La Villa de Guadalupe. Mata fotografÃa con encuadres de Dreyer esta nueva pasión: son los equilibristas que caminan sobre la cuerda floja. Uno lleva un mástil para nivelarse en el aire, otro un paraguas abierto para sostenerse, no en el aire, sino en tierra. Y ahà estamos los que vivimos en este lugar haciendo malabares para no caer, para seguir estando, “asÔ andamos.
—¿Cómo estás? —le pregunta uno.
—Pues aqu× responde el otro sabiendo que en esta ciudad quedarse es un signo de que nada malo ha sucedido todavÃa.
Y ese espacio se cierra con la imagen de un vendedor de reproducciones del David de Miguel Ãngel cuya actitud corporal es la de un Apolo mexica. Nuestra versión de la figura clásica, a falta de Renacimiento, es el cinturita de La Merced.
Por supuesto, México-Tenochtitlán se cierra con la muerte. Es el reino del inframundo al que bajamos por las escalinatas del Metro. Son las marchas contra El Virus donde la gente se pone máscaras de calacas. Es la Santa Muerte que cumple uno de los sueños de estas tierras: ser invulnerables a la finitud. Después de todo, siempre se ha hablado de la ciudad de México como del lugar que, no importa qué catástrofe le suceda, vivirá para siempre. Y este libro congela esa inusitada ambición —tan extraña como que sigamos juntos y ya hayan pasado 20 años del terremoto de 1985—, y, de una forma extraña, hace de esta ciudad un lugar eterno.
—Mira—dirá algún extraño dentro de dos siglos mirando el libro de Mata en una librerÃa de viejo— éstos mexicanos, en lugar de restaurar su ciudad para verla como era antes, la fotografiaron en el momento para ahorrarse el dinero.
Etiquetas: fotoperiodismo, Mexico DF, vida cotidiana
