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Fotografías por Gaby Messina, Perfil por Roka Valbuena
Gaby Messina es una fotógrafa que tiene dientes muy grandes y se ríe, aproximadamente, cada veinticinco segundos. Además, como si se viniera levantando de un desfile de modas, tiene el pelo perfectamente desordenado y combina la ropa con novedad. Es, por tanto, una fotógrafa al revés que siempre está lista para ser fotografiada. Y no sólo anda por la vida con altas dosis de fotogenia, sino también de preguntas porque su gran talento artístico nace de la curiosidad. Uno la saluda, con un montón de dudas en la cabeza, y ella interrumpe el cuestionario con sus propias inquietudes. De modo que una mañana, en un café de Vicente López, una fotógrafa y un cronista se están peleando a preguntas para llevar a cabo un perfil.
-Es que todo me intriga- dice Gaby Messina, la fotógrafa emotiva que, con coherencia, se está bebiendo una “lágrima” (tal es el nombre que le dan los argentinos a la leche con una gota de café).
También, ahí mismo, nos enteramos de que Gaby es peligrosa. Todos los días sale a la calle con un arma muy pesada. Su fusil es una cámara Hasselblad, con un cristal muy hermoso, y con la cual se siente segura por la ciudad. Con ese armamento esta mujer se pasea buscando al primer incauto que se le cruce por la mirilla. Entonces, si un personaje se pone frente a ella, la guerrera se agacha y dispara. Clic. Y el incauto pasa a la eternidad.
-Cuando disparás un arma, matás. En cambio, con la fotografía, cuando disparás, hacés que esa persona se mantenga viva- aclara para el alivio del arte. Ocurre que su Hasselblad eterniza a la gente. De esta manera obtenemos un slogan militante que Gaby Messina, con estudios de publicidad y diez años de trabajo como ejecutiva de cuentas en una agencia, ha creado: “La cámara es un arma de inmortalidad”.
Hace siete años Gaby Messina, con la inmortalidad colgada al hombro, y en un esfuerzo bastante significativo dado que su hombro se compone de un fino hueso tapado de piel, se paseaba por las calles con mucha atención. Y si en su campo visual se aparecía una mujer de tercera edad, es probable que Gaby, como una eficiente oficial de la fotografía, se arrojara al piso, rodara por el cemento y disparara sin piedad para capturar una expresión. Hace siete años Gaby Messina sólo quería inmortalizar ancianas. Y fue así que se hizo visible. Montó su exposición Grandes Mujeres en marzo del 2004 con treinta y dos señoras en primer plano, concedió entrevistas y opinó que esas ancianas, todas, entre las cuales estaba su abuela materna dado que Gaby no descartó ninguna arruga, eran especiales. Gaby Messina, en ese instante, con 33 años, se convirtió en una importante fotógrafa. Y su vida, dice, cambió. No por la fama. Su vida cambió por dentro.
- ¿Pero qué le pasa con las viejitas, Gaby?
-Son sabias. Tienen historias muy fuertes. No sé, la vivieron.
Su primer acercamiento con la vejez le vino por la familia de su madre. Gaby, antes que una talentosa fotógrafa, fue una estupenda nieta. Su abuelo materno, un ex policía, fue su mayor influjo espiritual. Ese señor extrovertido la llevaba a pasear por la calle, lo cual parecía una maratón de saludos. Un paseo de cien metros podía abarcar toda una mañana. El abuelo gozaba de una fuerte popularidad en la cuadra y todas las personas le proponían conversación. Gaby, en esos años, sin la vocación encendida aún, se divertía siendo rebelde. Su hermana, ajustada a las esperanzas paternas, era la oveja blanca y Gaby, la segunda hija, era la desesperanza negra. De aquella época datan sus trabajos más inconscientes. Con una cámara de plástico, en la génesis de su futura profesión, fotografiaba paisajes bucólicos.
-Y un día murió mi abuelo- dice la fotógrafa.
El ex policía expiró justo antes de la fiesta de los quince años de Gaby. Dos días antes del evento, sin saber que se despedía, el abuelo ensayó un vals con la nieta. Y murió. Aquí, tal vez, se inicia un proceso misterioso en Gaby. El golpe mental fue tan brusco que se volvió mística con los individuos de la tercera edad.
-Cada vez que veía viejitos, yo los miraba, y aunque no tengo nada religioso, les daba la bendición.
-¿En voz alta?
-Mentalmente. Los miraba y los bendecía en mi interior. Como diciéndoles: “suerte”.
Inmediatamente le mostramos, en ese café, un anciano auténtico que camina lento. Gaby lo mira. Suspira, se queda en silencio, y parece que le da la bendición. Luego otro, un anciano que lee el diario. Gaby lo mira, lo cataloga de hermoso, suspira, y parece que, en nombre de la fotografía contemporánea, le da la bendición. A la fotógrafa todavía le fascina la tercera edad y todo indica que ante el más mínimo conjunto de canas circundantes a ella se le acelera el corazón.
Vinieron sus diez años en publicidad (“Está bueno porque el arte es mitad espíritu y mitad marketing”, dice), luego dejó el rubro, estudió fotografía, montó un taller con dos amigos, aprendió que cada persona es un universo distinto, y, por eso, después de un año, el trío optó por la disolución. Persistió. Estudió otra vez fotografía, esta vez con Marcos López. En fin, perfeccionó su técnica para volverse artista. En una oportunidad Marcos López le pidió que escribiera sobre un tema de su interés. Sin pensarlo, Gaby escribió sobre la vejez. El maestro, entonces, le dio la instrucción: “A trabajar”.
La primera modelo fue Bobe, la abuela de su marido, una activa fanática de Racing que busca los goles pegada a una radio. Después retrató a Baba, quien, vestida con una bata azul, se codea con unos juguetes. Y así empezó a construir los pilares de su proyecto. Montó una exposición personal en el living de su casa. Y como Gaby tiene un don etéreo, o bien se apasiona con la espiritualidad, empezó a ser víctima de afortunados sucesos mágicos. Impensadamente, durante todo el periodo del proyecto, a Gaby la persiguió la vejez. La fotógrafa, por donde fuera, se topaba con ancianas que la obligaban a disparar su arma inmortal.
Una vez, por ejemplo, la invitaron a un evento. Gaby abrió la puerta y, como un niño en el país de los chocolates, se topó con el paraíso: era un té de señoras. Lo recuerda sumamente excitada: “¡Veía viejitas por todas partes!”. Se puso a disparar flashes en trance. También, por esos días, tomó un curso de Historia del Arte: ella era la única alumna joven, el resto formaba la postal de la madurez. Gaby concluyó que había algo que la estaba guiando, una energía invisible que le facilitaba la producción. De modo que con todo este trayecto, que parte en su abuelo y culmina en una taza de té y un curso de arte, Gaby Messina no tuvo más remedio que asumir que era la nieta predilecta de la fotografía argentina.
Al principio, cuando las señoras la hacían entrar en sus casas, Gaby, agradecida, no sabía muy bien qué hacer. Ella trabaja la estrategia de la espontaneidad artística, es decir, planea el retrato en base a las ondas psíquicas que recibe en el instante. Las viejitas, debidamente decoradas, la miraban esperando una orden. Gaby promovía un mate introductorio y escuchaba sus historias. Historias llenas de pasajes insólitos, tristezas y esfuerzos. Las primeras ondas, por ende, podían demorar, pero, al rato, ya se le ocurría una pose. Se ponía detrás de la cámara y la retratada quedaba a su merced.
-Cuando agarro la cámara me parece que estoy en ventaja. La otra persona ya no me puede mirar. Yo estoy detrás de un escudo. Ahí es como que tenés el arma.
-Yo no sé si a ellas les gusta ser viejas. Ya ni se lo plantean. Yo quería pasar sobre sus dolores. Quería conectarme con esas almas jóvenes y no con el cuerpo viejo.
Vino Berta con el control remoto en la mano. Rita jugando a los naipes asustada. Yuyi tejiendo. Así pasaron las treinta y dos señoras arregladas que se dejaron inmortalizar. Treinta y dos mundos maduros sintetizados en una exposición. Y así es como la vida de Gaby, la oveja negra de los Messina, cambió. Han pasado siete años desde que inició su experimento. Gaby se casó, tuvo gemelos, se metió en otros proyectos y ya es una oveja blanca. Pero, ella siempre lo sabrá, esas señoras situadas en el último borde la vida fueron su mejor enseñanza. Ellas la hicieron artista. Por eso, quizás, se ríe cada veinticinco segundos. Porque está feliz.
Etiquetas: Buenos Aires, metas del milenio, mujer, retrato
