FotografÃas por Rafael Calviño, Texto por Amalia Sanz
I
La primera fotografÃa que Rafael Calviño recuerda es una no-foto. Una imagen que no fue, pero que inauguró en él una manera de mirar el mundo. TendrÃa diez o doce años y habÃa ido con su familia a la terminal de trenes de Constitución a despedir a un hermano que se iba de campamento a la Patagonia. Recuerda haber visto los enormes techos, las locomotoras, la multitud y algunos rostros, todo desde el visor de una cámara de fotos de juguete. “Creo que en ese momento sentà algo de esta fascinación que me produce aún hoy la fotografÃa –cuenta-, y que consiste en participar de esa realidad frente a vos y simultáneamente recortarla por un cuadranteâ€.
El acercamiento a las cámaras –con rollo– se produce mucho después, cerca de sus veinte y de manera casual. Se combinan un curso de cine en Súper 8, un amigo algo más entrenado en la técnica que le enseña algo sobre revelado y una primera cámara prestada con la que poder salir a la calle, su escenario favorito. Eran los ’70 y comenzaba la última dictadura militar, uno de los perÃodos más oscuros de la historia reciente de la Argentina. Mientras el paÃs se hundÃa en un agujero que para Rafael y para miles de jóvenes de su generación se parecÃa bastante al fin del mundo, la ruta vocacional se cruzaba con una necesidad de trabajo que lo encuentra frente a lo único que “más o menos sabÃa hacerâ€: fotos. Primero vino Noticias, conocido como “el diario montonero†(en referencia una organización peronista proclive a la lucha armada). Y luego llegaron algunas agencias donde, a fuerza de decenas de horas semanales y pocos francos, dice que aprendió de sus pares casi todo lo que sabe sobre fotoperiodismo. Que es mucho.
En ese entonces, aparecieron las primeras preguntas para las que aún hoy, dice, a veces no tiene respuestas: “Me empecé a preguntar qué es lo que hay que fotografiar –razona-. No tanto el porqué, sino qué se espera que uno haga y qué es lo que hay que mirarâ€. Pero además de preguntas también tuvo algunas revelaciones: supo que la fotografÃa en la calle era lo que más le gustaba y supo que podÃa caminar todo el dÃa con la cámara a cuestas. “Era joven†dice, y rÃe. Sobraba energÃa.
II
“Fue uno de los lugares más nefastos en los que pude estar en la dictaduraâ€, confiesa en referencia a sus años en Atlántida, editorial de una serie de revistas que con más o menos sutilezas apoyó al gobierno militar argentino. Empezaban los ’80 y Rafael, cargando contradicciones internas y cultor de un eterno perfil bajo –“era muy marginal, estaba muy abajo en al escala zoológica allÃâ€â€“ pasaba desapercibido cubriendo noticias de color. AhÃ, en ese mundo aparentemente frÃvolo, empezó a armar su espacio de resistencia.
Armado de dos equipos -uno con rollos color para la revista y otro blanco y negro, para él- se internó en la fiesta porteña, en sus discos, en su gente. Y lo hizo con la certeza de que esas “discos absurdas†–de las que pueden verse ramalazos en “La nocheâ€, el trabajo que se presenta en Nuestra Mirada- nada tenÃan que ver con él: “Siempre me interesó ingresar a un mundo extraño al propio, pero que yo pudiera entender a través de las fotos –explica-. Me atraen, además, los modos azarosos en los que uno termina en determinados sitiosâ€.
Claro que esos sitios, en esos tiempos, no eran un lugar cualquiera.
Calviño retrató el clima que se vivÃa en las discos de moda de un Buenos Aires donde los estertores de la dictadura se entrelazaban con una década explosiva. Las noches –después de años de encierro y miedo– empezaron a hacerse largas, ruidosas, desmedidas. La fiesta llegó con los excesos de toda fiesta que se desea por años. De ahà que se diga –casi un lugar común entre la gente que pasó por allÃ- que “quien recuerda los ’80 es porque no los vivióâ€. Rock, culturas alternativas y nuevas drogas formaban parte de una escena donde el delirio era rey. Omar Chabán, prÃncipe de esas noches, bailaba chacareras revoleando bifes de carne cruda en vez de pañuelos blancos (esa era su noción de “lo autóctonoâ€); las Gambas al Ajillo (un grupo de mujeres de humor feroz) se masturbaban en escena con un tubo de desodorante; y la vida –en sÃntesis- era un gran cóctel donde los ingredientes no estaban del todo claros.
Las fotos de Calviño rescatan algo de ese momento inasible: en ellas hay sombras, neones, purpurinas, disfraces; el cuerpo partido en un paso de baile, la luz del flash directo recortando un gesto desenfadado. Hay figuras en primer plano –entre ellas, Chabán- y personajes secundarios –a veces fragmentos, piernas, espaldas, nucas– que son tan vitales en la composición de la escena como los protagonistas. Calviño –convidado de piedra en esas fiestas– recuerda aquellas tomas “con simpatÃa†y agrega que, como no tenÃa demasiado tiempo, las fotos más personales debÃa hacerlas dentro de lo márgenes de su trabajo: “Esa limitación luego se extendió, incluso cuando tuve más tiempo. Creo que uno hace de sus limitaciones una virtud. Empecé a plantearme que no querÃa separar la cosa profesional de la personal. Nunca me interesó plantearlo desde cero como un reportaje o un ensayoâ€, niega. Y empieza a construir una imagen de sà mismo donde el impulso intuitivo es –como en esas raras noches viejas- ley.
III
De un lado, un arma que apunta; del otro, una toma que captura la mirada de un hombre dispuesto a matar.
El periodista argentino Horacio Verbitsky bautizó la imagen con el tÃtulo “El fotógrafo disparó primero†y mucha gente la conoció de esta manera. Rafael Calviño –el fotógrafo– la nombra con un tÃtulo puramente descriptivo, algo asà como “Teniente primero Maguire apuntandoâ€. Lo cierto es que esa foto, que retrataba a un amenazante seguidor de un militar golpista, recibió el Premio Rey de España en 1988. Y Calviño, que por ese entonces atravesaba cierta crisis vocacional, ya no dudó: “Fue como una especie de aliciente –admite-, y además esa foto habÃa servido para algo, para comunicar una situaciónâ€. Desde ahÃ, la fotografÃa le funciona como una coartada y la cámara es el escudo para disparar. “Es algo muy instintivo, una sensación, levanto la cámara y disparo –sintetiza, con una sencillez que asombra-. Obviamente tantos años de fotoperiodista hacen que uno tenga una suerte de inteligencia fotográfica, del mismo modo que un jugador de fútbol sabe quién está detrás, cómo es la cancha, cuándo hay ‘algoâ€.
Hay algo, efectivamente, en las fotos de Rafael Calviño. Algo que, además, atraviesa con lucidez los lÃmites entre lo artÃstico –aunque él se resiste a hablar de arte– y lo cotidiano. Como si, con el azar de su lado, la cámara recortara lo que estaba allÃ, pero nadie veÃa. Entiende y de algún modo acuerda con la idea surrealista del objet trouvé: “SÃ, claro –asiente- me interesa lo que encontrás en el momento, con un toque de humor o con el defasaje, la lectura distinta de ese objeto o persona que está fuera de lugarâ€. No hay nada prefabricado en su búsqueda, nada planeado, “ninguna pulsión por lo extraordinario, pero sà por lo extraordinaria que es cada cosa que no corresponde a su contexto, y que encontrás siendo una persona que recorre la ciudad y miraâ€, agrega.
Hubo un tiempo –largo– en el que Rafael se encerró dentro de redacciones, trabajando como editor. Se alejó de la ciudad por años. Cuando regresó a las calles como fotoperiodista tomó la decisión de “salir siempre con una pequeña cámara 35mm blanco y negro autofocus, de óptica fija, para hacer una especie de diario fotográfico. Gasté esa cámara, saqué cientos de fotos de lo que la calle me dieraâ€. Y la calle le dio. Caminó Buenos Aires durante los años en los que el paÃs volvÃa a entrar en una crisis sociopolÃtica que lo dejarÃa, una vez más, al borde del abismo. La mirada Ãntima de lo público en un perÃodo donde la ciudad se desintegraba para luego sentir un renacimiento tan esperanzador como frágil dio como resultado “La calle†(2001-2004), uno de sus trabajos más celebrados.
A veces, cree que la fotografÃa puede ser una herramienta de conocimiento. Principalmente personal. A veces, también siente que conseguir una toma le cuesta más trabajo que a otros colegas. Raramente le interesa hablar de la fotografÃa como un arte. “La fotografÃa es la modernidad, es reproducción y eso se aleja del canon del arte. No cuaja. Hay grandes obras artÃsticas, sÃ, pero no es la forma en la que yo pienso la fotografÃaâ€. Lo afirma sin ánimos de provocación. Simplemente, es una de las cosas que cree que la fotografÃa le ha enseñado. “Yo no hice carrera, no intenté construirme como autor, o artista, no quise o no supe hacerlo†dice y aclara que admira a muchos colegas que sà han dado ese paso. Reconoce que hay, dentro suyo, algo parecido a una tensión cotidiana entre lo amateur y lo profesional, y que a la vez existe un motor fundamental que lo hace continuar: “El enamoramiento†dice, aunque en el acto le resta importancia. “Soy fotógrafo, lo sé, pero no pienso en estoâ€, concluye. Y es fácil creerle.

Teniente primero Maguire apuntando
Etiquetas: Buenos Aires, historia





