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Texto y fotografÃas por Tomás Linch
Nacà hace treinta y dos años en Buenos Aires. Y a lo largo de todo este tiempo aprendà a conocer mi ciudad de la manera imperfecta en la que puede conocerse a una mujer: creo entender cuál es su verdadera estructura, su quehacer lógico y sus derrotas cotidianas; pero jamás me serán revelados –ni a mÃ, ni a nadie– sus últimas intenciones, sus deseos ocultos, sus obsesiones trágicas. Y esto es lo mejor que puede ocurrir. Una ciudad –o una mujer– que ya no guarde secretos, perderÃa –a mis ojos- cualquier tipo de sensualidad.
Fui concebido, nacà y me crié en Palermo, un barrio céntrico de Buenos Aires. Por lo tanto, el anonimato me fue dado como una cualidad natural. Lo que algunos asocian con un sentimiento de libertad, o con la propia neurosis urbana, para mà fue siempre la forma habitual de relacionarme con el mundo. Soy de una generación –nacà en 1977– que muy pocas veces pudo entablar lazos de confianza con sus vecinos y los comerciantes de la zona. Mi padre, que me llevaba 43 años, fue educado en otra época, que es lo mismo que decir otra ciudad. En ese entonces, el barrio era un sÃmbolo de pertenencia y los vecinos se prodigaban un trato familiar. En aquellos tiempos de tangos y tranvÃas, cuando el mundo era menos desconfiado y Buenos Aires aspiraba a ser tan cosmopolita como ahora efectivamente es, mi padre –entonces joven- se jactaba de conocer a cada una de las personas que vivÃan o trabajaban cerca de su hogar.
Ni aquella ciudad ni mi padre existen ahora. Buenos Aires creció de forma exponencial y los peores vicios urbanos quedaron enquistados en cada esquina. Aquel anonimato que me fuera revelado en la infancia, es hoy moneda corriente. Desconozco quién es la persona que me transporta todos los dÃas hacia algún destino, quién fabrica, procesa y vende el alimento que consumo. ¿Quién firma el cheque que un ignoto bancario me cambiará por efectivo para pagarle a otro desconocido? No lo sé, no lo supe ni lo sabré.
En Buenos Aires elegà una profesión: si tanto me gustaban las historias, por qué no podrÃa vivir, también, de contarlas. Empecé a trabajar con una certeza: cada persona guarda una biografÃa digna de ser narrada, fotografiada y por qué no publicada. Sólo era cuestión de saber rescatarla de las multitudes y su ensordecedor silencio.
El microcentro porteño, nuestro down town vernáculo, es la apoteosis de este anonimato. ¿Por qué millones de personas se concentran en un lugar tan hostil? ¿Sólo por dinero? Me gusta imaginar que existe una fuerza fÃsica y metafÃsica, una fuerza centrÃpeta que nos lleva a ese lugar por alguna razón más especial. No es sencillo: cada persona deberá encontrar la suya y esa búsqueda es un trabajo arduo.
Me llevó tres años entender que una de mis razones para estar ahÃ, era la de fotografiar el momento, la fracción de segundo en que ciertas personas se transformaban en personajes y comenzaban, por el contacto con una determinada luz –o por la falta de ella–, a desprenderse de sus historias para dejarlas impresas en el sensor de la cámara. Historias que, a fuerza de anonimato, comencé a suponer o inventar: si no podÃa conocerlas, al menos podÃa imaginar lo que no eran, o lo que podrÃan haber sido.
La Fuerza CentrÃpeta fue, durante ese tiempo, causa y consecuencia de mi propia Buenos Aires. Ya no podré referirme a ella sin pensar en algunas de esas historias que quedaron en mÃ. Porque la única ciudad posible es aquella que creamos. Y no aquella donde, simplemente, vivimos. El gran Italo Calvino lo dijo de esta bella, definitiva manera: “Nadie sabe mejor que tú, sabio Kublai, que no se debe confundir nunca la ciudad con las palabras que la describenâ€.
Etiquetas: arquitectura, arte, Buenos Aires

excelente…poético, maravilloso, la verdad es que me entusiasmo la manera de ver la ciudad….maravilloso