Fotografías por Verónica Bellomo, Texto por Osvaldo Bazán
No son cerdos.
Son chanchos.
La mirada urbana, las maneras de la civilización, el recuerdo infantil de Miss Piggy y las aventuras de Los Tres Cerditos en tantas cabecitas de niños de ciudad incitados a aceptar que las cigarras son músicos trashumantes, los convierten en seres animados casi antropomorfos, sonrientes y pícaros.
Sin embargo para Verónica Bellomo siempre fueron chanchos, sin idealizaciones ni simpatías ni odios. El campo familiar no era “estancia”, ni “chacra”. Era la chanchería. El lugar de los chanchos. Pero el tema no es el chancho, sino el que le da de comer. Y el que se lo come.
El tema es el padre. Que es el que les da de comer a los chanchos y el que alimentó a Verónica Bellomo durante tantos años, desde que era una niña juguetona en Bolívar -provincia de Buenos Aires, a 358 km de la Capital Federal- y se subía a la camioneta familiar y recorría los cinco kilómetros que separan su casa de la chanchería, acompañando a Papá que estaba en su trabajo. Entonces Verónica saltaba sobre el barro creyéndolo firme y el aviso de Papá (“Guarda que es blando”) llegaba tarde. Verónica se embarraba hasta las rodillas. Como una chancha. Pero Papá seguía en su trabajo.
Nada distrae a Papá de su trabajo. Nada compite con el trabajo de Papá. Verónica lo sabe y lo recuerda, muchos años después, en una playa de Mar del Plata, con uno de los primeros teléfonos celulares: grandotes, ladrillos. En la playa no hay señal, la comunicación es complicada y es la semana que la familia se tomó de vacaciones. Los nenes y sus chuscos castillitos de arena, los veraneantes al sol: todos olvidan las responsabilidades anuales. Todos menos Papá, que consigue su señal telefónica trepado a una silla blanca de paja, haciendo malabares. Y así se entera de cómo andan los chanchos.
El mundo de Papá no tiene mar, tiene chanchos.
Aún hoy Verónica lamenta no tener la foto de ese momento. Un señor de piel curtida, en malla, rodeado de bañistas confiados, ovillados en el descanso, parado el señor, equilibrista sobre una silla de playa, de espaldas al mar, preguntando por los chanchos, si los chanchos comieron, si están bien los chanchos. Ese es su Papá.
Ahora Verónica Bellomo tiene 25 años y hace siete que se fue de Bolívar a estudiar Historia a la ciudad de La Plata (la capital de la provincia de Buenos Aires). No estaba convencida, pero algo había que hacer. Nada salió tal lo planeado. Seis meses le duró la historia de la Historia. Un examen mal dado y un aburrimiento inaudito marcaron el principio del fin. Entonces apareció el amigo que aparece en estas circunstancias y le dijo: “Hacé algo que te distraiga, hasta que encuentres algo que te guste”. Todavía no sabía que la distracción y el gusto podían estar juntos. De tanto cruzar por la plaza San Martín conocía de memoria dos carteles que ofrecían “algo que la distrajese”. Uno anunciaba un curso de grafología. El otro, de fotografía. Dudó, pero eligió el segundo. A un tiempo se distrajo y le gustó. En cinco meses terminó la historia de la Historia y comenzó la historia de la Fotografía en la Escuela de Arte Fotográfica de La Plata. En la primera clase supo que quería ser fotógrafa.
A esas clases se sumaron los viajes diarios desde La Plata a Buenos Aires, para profundizar lo aprendido en una segunda escuela. Pero le dijeron que el estudio de la fotografía era como elegir psicólogo: no se puede tener dos. Era 2005. Y eligió. Atrás ya había quedado Bolívar y ahora, también, quedaba La Plata. Se mudó a la Capital. Sumó los cursos en la Asociación de Reporteros Gráficos de la Argentina (Argra) y un seminario con Ernesto Bazán.
Apareció ahí la necesidad de contar algo. ¿Pero qué?
Verónica decidió entonces mirar hacia adentro y hacia atrás. Y adentro y atrás estaba Papá.
Hizo un primer intento.
Volvió a la camioneta y volvió a creer que el barro era firme. Que podría caminar, registrar el movimiento de los otros sin ensuciarse. Pero otra vez se equivocó. Registrar el trabajo de Papá era embarrarse. Como una chancha.
Papá en su paraíso. Papá en su chancho reinado. Papá frente a la riqueza natural de un país naturalmente rico y naturalmente pobre. Verónica decidió que no iba a hacer un solo juicio de valor sobre el trabajo porque, ¿quién es ella para ser juez de nada? Además, ¿qué era tan cierto sobre su padre como para poder ser contado? El acercamiento fue cuidadoso, en puntas de pie, y cuando pensó en el pasado, quiso que Papá silbara, tal como estaba en sus recuerdos. Papá silbaba y los chanchos lo seguían. Papá Flautista de Hamelín, la piara mansa y obediente, confiada y absolutamente ignorante sobre el destino final, fatal. Ése era el recuerdo.
-¿Yo chiflaba? –dijo entonces él- ¿Cómo que chiflaba? No me acuerdo…
Ahí Verónica pensó que no había forma de contar la historia de su padre. Que por qué contarla. Que para qué. Que mejor no meterse. Los chanchos, sí. El campo, el trabajo, eso sí. Pero Papá no. Y sin embargo Verónica sabía que si había un hilo, ese hilo era Papá. Sólo que pensaba que para contar una historia primero debía saberla. Y ella no sabía.
La decisión, casi una revelación, fue contar una pregunta antes que una respuesta. Y al alejarse de las certezas, la cámara de Verónica se acercó a un hombre que trabaja, al padre de una familia del interior del país, a un señor que vive con los chanchos y de los chanchos desde que tenía 17 años. Y ahora tiene 62. La cámara, entonces, fue el registro del hombre y su circunstancia. Y todo fluyó, hasta los puntos negros. Rojos.
Ahí trabaja Papá con sus empleados. Ahí sufre. Ahí están los chanchos. Papá no ríe en las fotos. Afuera de las fotos tampoco ríe mucho. Busca los chanchos, los cuida, los cura, los alimenta, los vende. Y llega el día en que los chanchos se van. Allá, apretados en el camión, allá se van, destino literal de jamón del sándwich.
Hay algo no dicho entre los chanchos que se van y los sándwichs que llegan.
La sangre.
Verónica siguió el recorrido de los chanchos. Matadero, frigorífico, carnicería, restaurante. Estaca y carbón encendido a la vista de todos, pero nadie mira, la ciudad no mira las estacas ni el fuego, ni la grasa que se derrite lentamente. ¿Qué es lo que la ciudad no ve?
-¿Violentas? ¿Hay violencia en estas fotos? –se asombra Verónica y las vuelve a mirar. Ve la sangre, ve la carne, ve los pedazos y el desgarro, ve el hueso. Lo que no ve es la violencia. O sí, pero atrás de todo, como fondo inevitable de un mundo en donde alguien come algo. El trabajo es violento y no quisiera ella, como muchos, vivir de matar animales. Suena a pésima energía. Pero es trabajo. Es un trabajo que todos saben que alguien hace pero nadie quiere aceptar que se realiza. En la ciudad la carne es un paquete aséptico. Sin embargo, pregunta Verónica con la voz más dulce del mundo “¿No hay violencia en ese jugo rosado que desprende la carne una vez retirada del freezer?”. Ese jugo en la mesa, sonríe Verónica, es sangre. La prueba de que alguien mató. De que algo fue muerto. Será tener en baja estima al ser humano si ese chancho es comparable a uno, dirán los carnívoros. Y estarán los que digan lo contrario.
Papá y toda la familia es carnívora. Muy carnívora. Si el delivery trae una pizza, antes Papá se cocinará un bifecito. No concibe la vida sin un pedazo de carne. Lo alimenta la carne. Desde siempre. Verónica, en cambio, ha modificado en algo su dieta desde que vive en la ciudad. Incorporó verduras y frutas, casi despreciadas en el pueblo (donde las consideraban un pequeño adorno verde en la fuente de carne) y pensó en hacerse vegetariana. De hecho, no lo descarta en un futuro próximo. Pero la carne tira hacia la carne.
Todo está en las fotografías.
La sangre es parte de un proceso comercial que se industrializa para que millones de personas en todo el mundo puedan satisfacer una necesidad primaria. ¿Ese proceso se basa en la violencia? Los rostros de los trabajadores no hablan de crueldad. O, al menos, no encierran más crueldad que la que impone un trabajo rutinario. Y necesario. Los rostros de los trabajadores hablan del deber cumplido, de conseguirás el pan con el sudor de tu frente.
Verónica es dulce y sonríe. Cuesta imaginarla con su cámara en medio de esos piletones de agua hirviendo, sabiendo que el chillido de esos chanchos no entrará en las fotos. Verónica recuerda los chillidos pero no hay nada que no la haya dejado dormir. Si el espectador ve violencia, dice ella, deberá saber que podría haberla visto antes. En el jugo rosado del plato, por ejemplo. Aunque tampoco es su tarea teorizar sobre comportamiento urbano.
Su tarea, una vez más, es hablar de su Papá. Que es desordenado, que está informado con el diario local, que vive preocupado porque vos viste cómo está todo y mejor me tomo una pastilla para poder dormir.
Y ahí, Verónica sabe que es imposible contar a Papá sin embarrarse un poco. Porque el barro, aunque no lo parezca, sigue blando.
Etiquetas: Buenos Aires, cultura, fotoperiodismo, vida cotidiana













Vero queridaaa!!!Te felicito. Al origen!
VEroooo Veroooo Verooo que bonito encontrar esto… y toda esa transformación a tu trabajo..
te quieroooo
VERO,VERITO,O VEROCA…como decias cuando no comlpetabas las palabras jejej…muy bueno todos estos recuerdos fundamentales para q estes donde en este momento estas!!!!T FELICITO!!!!ya nos veremos….algun dia vas a caer x casa y tendras otra buena historia,q seguro no debes recordar….besossssssss
Hola vero, muy visceral tu trabajo, como arte es aceptable, pero es muy barbaro el sacrificio de los animales. Que lastima¡
Vero , que bueno lo tuyo , ve x mas que me gusta mucho tus trabajos .