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Desde la hondura de su propia angustia, el escritor Mario Bellatin –una de las figuras más relevantes de la literatura contemporánea latinoamericana- presenta en Nuestra Mirada un texto Ãntimo y profundamente visual sobre del Distrito Federal: un territorio de culturas y escenarios múltiples que la fotógrafa Janet Jarman –ganadora de varios premios internacionales y colaboradora de medios como National Geographic y New York Times- lleva deliciosamente al lenguaje de la luz.
Giradores en torno a mi tumba
Texto escrito por Mario Bellatin alrededor del trabajo de Janet Jarman
La opresión de saberse perdido en medio de una ciudad hasta cierto punto desconocida, creo que es motivo suficiente para escogerla como lugar de trabajo. De manera cÃclica, siento unos intensos ataques de pánico y angustia aparentemente inmotivados. He llegado a la conclusión de que son estados necesarios para poder escribir. Largas noches de insomnio imaginando las situaciones más funestas, horas de vigilia y de sueño entrecortado mientras la vida continúa a mi alrededor. En situaciones de esa Ãndole, suelen aparecer en mi cabeza imágenes de hombres y mujeres obesas realizando protestas polÃticas desnudas en medio de la calle, o me siento atrapado en medio de un festival de lucha libre, donde la vÃctima que hay que destruir en el ring de la pelea es nada menos que mi persona. Es cuando imagino situaciones semejantes –cuando este tipo de imágenes se suceden una detrás de otra-, cuando me veo obligado a buscar la mesa de escritura como único refugio capaz de hacer que la angustia disminuya. A veces la cura consiste también en caminar por calles anónimas atiborradas de personas o tomar el transporte subterráneo sin saber si van a funcionar los mecanismos que harán posible mi salida a la superficie. Saber que en el mismo instante de la angustia se desarrollan cientos de actividades a mi alrededor es importante. Resulta difÃcil poder considerar a México D.F. como mi ciudad. No crecà en ella. Casi no guardo recuerdos. La abandoné cuando tenÃa pocos años y no volvà sino hasta hace algún tiempo. La situación perfecta para sentirme partÃcipe y no de su vorágine. Para creer que soy un habitante y también un explorador. Descubriendo dÃa con dÃa una serie de costumbres, de calles desconocidas, de sentirme a mà mismo como si estuviera quebrando alguna regla al actuar como un ciudadano normal y corriente. Una de las caracterÃsticas de esta ciudad es que está diseñada a manera de una serie de poblados superpuestos. Cada uno con sus costumbres y con sus tiempos. Es por eso que es posible, en medio de la ciudad, apreciar de pronto a un conjunto de charros haciendo proezas con sus caballos o a personas bailando en medio de las avenidas sin importar que el tráfico de millones de vehÃculos se desvÃe o se atasque todo el tiempo que dure la celebración.  Lo que se llaman colonias tienen más la función de pequeñas poblaciones encerradas en sà mismas, autosuficientes. Es por eso que muchas veces los habitantes no se trasladan a grandes distancias. Todo esto es posible de experimentar en una ciudad como México D.F. No es casual que haya escogido vivir en una pequeña casa de principios del siglo XX, ubicada en una de las zonas más céntricas. Un rincón de paz olvidado en medio del jolgorio que se desata alrededor. Habito en un conjunto de casas llamadas El Buen Tono. Aquà permanecemos, yo y mi angustia, ajenos a muchas de las actividades que se desarrollan alrededor. Nadie tiene que ser testigo de mi desánimo. Yo solo frente a las palabras que debo crear. Todo lo demás, el tráfago humano, el desarrollo cultural, lo percibo como un vago rumor. De vez en cuando coincido con algún otro escritor, nos saludamos cortésmente y cada quien continúa con su camino. Lo veo ir desapareciendo al lado de alguna pared plagada de textos e imágenes realizadas seguramente cuando nadie lo advierte. Textos que suelen decir cosas como Mi mamá es mi novia o Hubiera querido ser más joven y alocado. Pero esta situación, de sentirlo todo como un vago rumor, curiosamente no me hace estar separado por completo. Mantengo, a pesar del aislamiento, una Escuela de Escritores. Un lugar de encuentro donde una serie de creadores pasan junto a un grupo de aspirantes a la escritura, algunas horas a la semana. Esa actividad es lo que me permite mantenerme conectado a un espacio concreto, especÃfico. Es lo que me permite también dejar de lado la angustia y la depresión para enfrentar la serie de preguntas que surgen de la creación literaria. Me involucro de un modo en que mi trabajo personal no se vea afectado. Ni mi estado de ánimo. Ni la ansiedad que, al parecer, me permite crear. Mantener la escuela es como una suerte de artificio que me libra de la culpa que me provoca escribir. Conozco bien la sensación, pues me acompaña desde muy joven. De algún modo esa culpa se disipa cuando comento con un grupo de jóvenes escritores sus nuevas creaciones o cuando debo contratar un maestro y discutir sobre las reglas de juego con las que cuenta la escuela. Pero toda esta situación, en verdad, la sostengo gracias a la presencia en esta ciudad de una serie de amigos. Es una ciudad tan desproporcionada que permite la existencia de muchas redes de amistades de diversa Ãndole. Me unen a ellas lazos de naturalezas particulares y cada una me constituye como persona. Cuento con mis compañeros sufÃes, con quienes comparto mi camino espiritual, con mis amigos intelectuales, quienes alimentan mis ansias de cultura, con mis amigos que no pueden definirse por ninguna caracterÃstica en particular, con quienes discurro en el tiempo y en el espacio. Quizá la caracterÃstica particular que defina a estos amigos son sus diferentes grados de excentricidad. Están desde los amantes incontrolados de la supervivencia de los perros, hasta los que se travisten con la secreta intención de experimentar varias vidas a la vez. Los amantes de los perros –en los alrededores de la ciudad existen millones de canes sin amo- realizan una serie de acciones para evitar que los animales se sigan reproduciendo o continúen viviendo en las calles. Más de una vez he asistido a alguna de estas operaciones masivas de esterilización, que se llevan a cabo casi como si se tratara de ceremonias religiosas. Un solo médico, en medio de la sala de una casa, opera un animal tras otro estando el amo presente. Lo curioso del doctor es que nunca deja a un lado su eterno cigarrillo, el que fuma sin descanso en medio de las operaciones.  Con todos ellos comparto lazos afectivos y, cosa curiosa, casi no se entrelazan unos con otros. Los travestis tienen su zona y su horario, los charros los suyos, los hombres y mujeres desnudos que protestan mostrando el natural desborde de sus cuerpos saben a qué hora y en que lugar aparecer. El espacio urbano de realidades superpuestas lo admite con naturalidad. Parece haber lugar para lo atávico, para lo contemporáneo, para el odio y para el amor. Para la vida y la muerte, cuyos lÃmites muchas veces no se llegan a distinguir con claridad. No creo que exista otra ciudad que lo permita de una manera tan determinada. Que ofrezca la posibilidad de transitar por una serie de senderos paralelos sin que éstos se crucen en ningún momento. Esta situación facilita, además, que pueda mantener intacto mi espacio de creación, sin interferencias mayores. Precisamente el hecho de la sobrepoblación genera la oportunidad de buscar una serie de soledades que se presentan simultáneas y separadas entre sÃ. A pesar del desorden y la desproporción, México D.F. es la ciudad donde he podido encontrar el silencio mayor, aquel que se magnifica por saber que la paz puede ser quebrada en cualquier momento para dar paso a la inmersión dentro de una dinámica de multitudes. Por la posibilidad de pasar de un extremo a otro. Con respecto a mis libros, esta situación de sentirme acompañado en el vacÃo, ha hecho posible que mi escritura se cuestione cada vez más sobre sà misma. Que los mundos que aparecen representados en los libros obedezcan de una manera creciente a las leyes que la propia escritura ha ido creando a través del tiempo. Suceden tantas cosas a mi alrededor, que mis libros se convierten en una suerte de reflejo de un espacio que solamente puede ser reproducido por medio de palabras. Para representar una realidad en constante cambio me parece que existen formas de expresión mucho más eficaces que la escritura. Quizá sea más contundente ingresar a un templo cuyas inmensas letras Pare de sufrir lo inducen a uno a creer que todo lo real no es más que un simulacro. Que estamos en un espacio que incluso incluye la opción de escoger un servicio semejante. O que incluye incluso la capacidad de alimentar con muertos mi rendición ante la muerte con el extraño fin de evitar mi propia muerte. Creo que estas circunstancias hacen posible que se cumpla de una mejor manera la premisa de que un libro debe existir porque lo que expresa es imposible de ser comunicado por otro medio. La literatura como espacio necesario, no como recurso que se haya podido elegir para reflejar determinada situación. En México D.F: todo está dispuesto para pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo. Para creer que uno puede emular un universo sólo a través de las palabras. Hay ocasiones en que esta situación me produce miedo. Tengo la sensación de que terminaré aniquilado por mis propios mundos. Esto ocurre principalmente cuando la angustia tiñe todo a mi alrededor. Cuando los temores se ensanchan y cuando siento que el monstruo que me circunda es verdaderamente inabarcable. En esas ocasiones me basta caminar unos cuantos pasos para estar dentro del mercado que se ubica en la esquina de mi casa. O visitar el edificio en ruinas donde viven decenas de familias, me parece que el lugar más invisible dentro de la invisibilidad, quienes bautizan como La fiesta del Gran Vidrio a la celebración anual que realizan para conseguir fondos con los cuales sustentar el eterno litigio de desalojo. Lo que no han conseguido es evitar que las ruinas de aquel resto de edificio sea aún más invisibilizado con la instalación de paneles de publicidad. Ahora, para dirigirse a alguno de los vecinos que viven allà dentro hay que hablar directamente con la botella de Coca Cola que aparece en el cartel. O decido caminar un poco más y encontrarme dentro de una de las estaciones de metro más concurridas. Voy directo donde un hombre ciego ha instalado, en un rincón de la estación, un pequeño puesto de masajes. Se trata de un local minúsculo cuya pared de vidrio, que da a una estación utilizada diariamente por cerca de dos millones de personas, está apenas tapada con una cortina llena de fisuras. En aquel espacio apenas cabe el ciego y una mesa cubierta con una sábana que recuerda la cama de la mujer cosida a puñaladas y el hombre a su lado afirmando que sólo fueron Unos cuantos piquetitos. El ciego, al sentir mi resquemor, me dice que no me preocupe, que las manchas son producidas por el aceite con el que ha embadurnado a los clientes anteriores. Que es curioso que algo tan bueno como los aceites produzca una sensación tan desagradable a la vista. Acuéstese. El aceite es provechoso para todos. Me desnudo a menos de quince centÃmetros de miles de personas en constante movimiento. Me acuesto sobre la cama plagada de manchas y me dedico a observar, a través de las fisuras de las cortinas, el infinito paso de las personas. Advierto también que el hombre ciego es una suerte de lÃder de la legión de ciegos que, organizados por ese hombre, pasan sus vidas en el metro. El bizarro masaje es interrumpido en forma constante por vendedores de discos, que deslizan las ganancias por debajo de la puerta. Por las quejas de agresión que ha sufrido alguno de los miembros de la cofradÃa por parte de la guardia del metro. Mi masajista, quien me ha contado que ha aprendido ese oficio para librarse de ser cantante de vagón y estar en un lugar de preferencia dentro del escalafón de los ciegos que viven debajo de la tierra, a casi todos los pedidos les da una solución. Constato entonces que no hay equivocación posible. Que a pesar de las tinieblas en que a veces están inmersas mis palabras, en sus aparentes faltas de sentido, se encuentra presente la realidad. Lo constato con las cientos de gentes que, lo querÃa ignorar, me estuvieron rodeando todo el tiempo. La palabra, los textos, no era cierto que se gestaban en medio de la soledad más absoluta. En más de una ocasión me he imaginado escribiendo en alguna otra ciudad o bajo distintas circunstancias. Es más, lo he llevado a cabo. Recuerdo la desastrosa experiencia en que intenté recluirme en una cabaña totalmente apartada. No tardaron en aparecer una serie de sÃntomas fÃsicos, entre otros un asma persistente, que me obligó a dejarla abandonada con todo lo escrito dentro. Nunca me atrevà a regresar. Durante mi experiencia en una serie de residencias de escritores o durante mi estadÃa interno en una escuela de cine, mi interés principal era buscar una serie de formas para llegar lo más pronto posible a una zona lo suficientemente urbana que me permitiera cotejar con la realidad cotidiana los mundos hasta cierto punto insólitos que se reflejan en mis textos. De esta manera, viviendo en el medio de una de las sociedades más atiborradas, puedo darme cuenta de que mi trabajo de alguna forma busca hallar el punto no evidente que se presenta en cualquier conducta concreta. A pesar de las incomodidades de esta ciudad, de su inseguridad, de la engañosa amabilidad o la ética del horror –cargada de maneras mientras más honrosas más inhumanas, con que suelen presentarse las situaciones, de muchas veces no poder comunicarme con los demás para resolver los asuntos más banales, mi elección de trabajar en México D.F. no es equivocada. Ya tengo incluso preparado mi funeral y elegido el lugar de mi entierro. Aunque parezca una desproporción geográfica, alrededor de mi cuerpo darán vueltas durante infinitas horas una serie de derviches giradores, estaré envuelto en una tela verde repleta de flores y tendré como despedida el canto jubiloso que acompaña a las Bodas MÃsticas. Seguramente en aquel velorio estarán presentes muchos de los personajes que me son cotidianos. Estarán, lo aseguro, los hombres y las mujeres gordos y desnudos, el médico de las esterilizaciones, los integrantes de la lucha libre, los charros con sus sombreros sobre el pecho, los amigos travestis, los románticos, los escritores, en fin, aquellos que hacen que confunda actualmente mi vida con la superposición de los tiempos y de los espacios. Todo esto ocurrirá en el corazón de México D.F., mi lugar de trabajo, donde no en vano, desde todos los tiempos, se ha hecho de la muerte un ritual de celebración.
Etiquetas: literatura, Mexico DF, vida cotidiana

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