Lourdes Grobet – Detrás de las Máscaras

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Pasó tres décadas retratando las vidas –dentro y fuera del ring- de los forzudos dedicados a la Lucha Libre. El resultado fue un ensayo compendiado en un libro, y rescatado parcialmente para este número de Nuestra Mirada. El exceso, la rudeza, la fragilidad y los orígenes se reúnen en la lente de Lourdes Grobet: una fotógrafa inclasificable e incansable, que vive y trabaja como si no tuviera –como tiene- setenta años.

Fotos por Lourdes Grobet, Texto por Sandra Licona

Lourdes Grobet se parece bastante a los luchadores que retrata. No se habla, claro, de una similitud física. Pero sí de una actitud: a sus casi setenta años, tiene la potencia, la vitalidad y el músculo de una mujer de veinte. Hace poco más de doce meses, por ejemplo, cruzó el Estrecho de Bering, siguiendo la pista de los primeros pobladores de América. También ha estado viajando por todo México para hacer fotos en los cuadriláteros. Y hace algunas semanas estuvo en Coatzacoalcos (en la zona Este del país) trepada en una canastilla, soportando varios metros de altura y las ráfagas de viento, con el único fin de retratar una escultura.

Pero hubo un pasado. Y en ese pasado –que comienza en su infancia- Lourdes fue distinta a lo que es hoy. Fue, para empezar, una niña rica de las Lomas de Chapultepec (una de las zonas residenciales más exclusivas y antiguas de México) que iba uniformada y en Cadillac negro a la escuela de monjas. Fue también una niña atlética: su padre, ciclista profesional, la obligaba a hacer ejercicio antes de ir a la escuela; una rutina que hoy permite a Lourdes llevar una vida sin contratiempos físicos. Y finalmente fue una mujer joven decidida a alejarse de los modos de vida de la clase alta.

—Siempre fui rebelde y eso me salvó de ser niña bien toda la vida –recuerda-. Nunca perdí el tiempo tratando de hacer dinero, ni de tener Cadillac propio.

En primer lugar, Lourdes se acercó al mundo de la pintura. Quería ser artista plástica, y sus padres le permitieron formarse en la Universidad Iberoamericana –ya que los otros espacios eran “demasiado liberalesâ€. Allí conoció a quien se convertiría en una de sus grandes influencias: el gran pintor, escultor y arquitecto de polaco Mathías Goeritz, impulsor de la “antiacademiaâ€.

- Goeritz me enseñó tres cosas: si el arte no da para divertirse hay que olvidarlo; nunca hay que tomarse en serio a uno mismo; y no hay que hacerle caso al psicoanálisis. Con esas posturas he navegado siempre y por eso es Goeritz  mi gran maestro, aunque no el único. También está el pintor mexicano Gilberto Aceves Navarro, quien me enseñó el arte de trabajar en libertad. Y el luchador El Santo —quizá el más famoso de los luchadores mexicanos—, que me dio clases magistrales de generosidad.

Retrato de Lourdes Grobet con luchadores © Ernesto Peñaloza

Retrato de Lourdes Grobet con luchadores © Ernesto Peñaloza

La hora de los héroes. ¿Cómo llegó Lourdes Grobet a conocer a El Santo? El trayecto fue largo, pero puede sintetizarse así: empezó a sentirse incómoda dentro de la pintura; viajó a París y allí descubrió el kinetismo o arte en movimiento; y finalmente encontró en la fotografía una posibilidad de expresión interesante. El paso de los lienzos a las cámaras fue irreversible: Grobet regresó de París a México, quemó casi todas sus pinturas y se dedicó a la fotografía.

Desde entonces, es difícil clasificar su trabajo. Sólo puede decirse que sus propuestas artísticas no atienden a ninguna escuela o tendencia, sino que responden a un único concepto: nutrir la mirada.

- Nunca me ha interesado que me digan por dónde tengo que ir –asegura-. Todo lo he hecho sin pensar si soy buena o mala. No me importa si me reconocen o no, y eso me ha dado la libertad de ir por donde se me da la gana. No tengo necesidad de responder a una escuela o a una tendencia.

Grobet fue trazando su propio camino, y ese rumbo anárquico la puso frente a escenarios reveladores. De todos ellos, hubo uno que treinta años atrás le capturó el ojo. Se trataba de la Lucha Libre, una institución mexicana que había cautivado a Grobet desde niña, y que en la adultez –cámara en mano- la llevó por cuadriláteros, arenas y plazas populares. Durante tres décadas, Lourdes se dedicó a perseguir y capturar la magia que envuelve la vida de los luchadores, sus personalidades anónimas, lo original de sus máscaras y atuendos. Estableció lazos con El Santo, Blue Demon, Mil Máscaras, Máscarita Sagrada, Octagón, Los Misioneros de la Muerte, Los Perros del Mal y Los Brazos –entre tantos otros- y de esa forma documentó lo que el sociólogo Roland Barthes llama “el espectáculo del exceso, la grandilocuencia que debió ser la del teatro antiguoâ€.

Con su cámara, Grobet ha documentado ese reducto popular, donde se encienden y tienen cobijo las más bajas pasiones. Y no lo ha hecho sólo en el ring -donde los temperamentos de rudos y técnicos superan la parafernalia de sus atuendos- sino también en los hogares de los luchadores –y entonces puede verse a una luchadora enmascarada amamantando a su hijo-, y entre los gritos enardecidos del público: un magma de niños, jóvenes y adultos dueños de una adrenalina similar a la de sus ídolos.

Esa gente no estaba ahí sólo para dar aliento: estaba para revestir a los forzudos de un carácter eternamente joven. El gran cronista de México Carlos Monsiváis lo dice, en su libro Los rituales del caos, de un modo mucho más claro: “Un luchador no envejece mientras su público se reconozca en élâ€. Se trata de una consigna que también puede aplicarse al trabajo de Grobet: a pesar del paso del tiempo, cada uno de los protagonistas se sigue reconociendo en esas fotos, dentro y fuera del cuadrilátero.

—La lucha libre es, para mí, una especie de instinto que se quedó dormido. Cuando era niña veía la peleas por televisión y era un momento de esplendor, de saltos, y que mis padres no me quisieran llevar nunca a la arena para mí era todo un enigma, no entendía cómo mi padre, siendo un amante del deporte, no me llevaba a las luchas. Ahí se quedó dormido ese gusto, y me hace mucha gracia que tantos años después me haya dedicado precisamente a documentar ese espectáculo, más aún cuando yo nunca he sido una fotógrafa documentalera, soy pésima, siempre que me han invitado a trabajar en periódicos se los agradezco, pero es que no se me da, yo me manejo de otra forma, necesito mi tiempo y espacio para desarrollar el trabajo, es un rollo más conceptual, pero la Lucha Libre sí es un trabajo documental.

A través de sus imágenes, Lourdes Grobet ha puesto al descubierto los rituales y la atmósfera festiva de este deporte-espectáculo, pero también la vida de los enmascarados dentro y fuera de los cuadriláteros, ganándose la vida con oficios que los ayudaban a completar un sustento para sus familias.

—Cuando empecé a retratar luchadores me di cuenta que ellos son el indio proyectado en la ciudad –advierte Grobet-. Yo me había prometido no hacer fotos de indios ni con sesgo folclórico, pero cuando empecé a retratar luchadores encontré ese México profundo que me interesaba. Conocer a los luchadores me dio otra perspectiva: el que más me impactó fue El Santo. Me llenó de gozo su generosidad en el trato con la gente. No podía creer que el hombre más famoso de México fuera dueño de una enorme humildad. . Yo odio el poder, la fama y el dinero porque prostituyen y la única persona que rebasó la fama y que nunca tuvo actitudes protagónicas fue El Santo. Él también fue mi maestro.

Grobet hizo la foto fija en una de sus películas y confirmó que El Santo no tenía imposturas. No usaba dobles ni sostenía poses de estrella. Terminadas las filmaciones, la gente hacía interminables filas a la espera de un autógrafo y El Santo, de pie, atendía hasta la última persona.

- Los luchadores son gente súper generosa, respetuosa. Cuando yo empecé estaba joven, guapa, y nunca nadie me faltó al respecto. Se empezaron a entablar relaciones, a conocernos. No me dejaban mucho entrar a vestidores, ya que la mayoría son hombres, pero anduve en gimnasios y luego hice esta parte de La lucha por la vida, donde documenté su labor en otros oficios. También me acerqué mucho a las mujeres luchadoras, que son una maravilla. Hubo una identificación increíble y además un concepto de feminismo totalmente diferente al que hemos importado de la cultura Occidental.

Por eso, dice Grobet, es “mala retratistaâ€: porque saca a la gente tal como es. Y a veces la gente quiere verse distinta: mejor.

- A mí no me interesa poner a posar a nadie. Yo era invitada a sus casas, llegaba, a veces comíamos antes, de hecho la mamá de Los Brazos era buenísima cocinera, y con esa cercanía yo me ponía a trabajar. Esas casas eran maravillosas. A veces la gente cree que compongo las fotos y no: entras y no sabes dónde ponerte, todo te interesa, hay una maravilla de iconos, de objetos… Lo único que les pedí a algunos es que se pusieran su traje.

Grobet les prometió a sus luchadores que haría un libro, y cumplió. En 2005 publicó Espectacular de Lucha Libre (Trilce Ediciones, 2005), un material que viene a integrar una vasta obra. Grobet ha sido protagonista de más de 20 exposiciones individuales entre 1970 y 2009; y tiene en su haber los libros Se escoge el tiempo (1983), Luciérnagas (1984),  Bodas de Sangre (1987) y Lourdes Grobet (2004).

La esquina de los rudos. De no haber sido fotógrafa, Grobet dice que habría sido antropóloga. Porque es curiosa y siempre tiene ganas de conocerlo todo, y porque esa sed de búsqueda la ha dejado, según épocas, en distintas arenas. Grobet ha abanderado muchas causas: desde la Revolución Cubana, pasando por el Sandinismo y, una década después, el Zapatismo en Chiapas. El único traje que nunca se puso es el de mujer convencional, de ahí que haya cambiado el Cadillac negro de su infancia por un Volkswagen al que ha pintado con varios motivos singulares: primero, con nubes y un arcoiris. Luego, con un cielo con rayos y gotas. Más tarde, con estrellas y un cometa. Y finalmente con una sirena.

¿Qué tienen todos estos dibujos en común? Lo imprevisible. Porque Grobet no sigue convención alguna y siempre ha hecho lo que ha querido. En el argot de la Lucha Libre, podría decirse que está en la esquina de los rudos, de los irreverentes, de los que no se detienen y hacen eco de su ansiedad. Sin ir más lejos, su llave favorita es “La Filomenaâ€, una patada de mula que puede acabar con su contrincante en dos de tres caídas.

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No hay respuestas para “Lourdes Grobet – Detrás de las Máscaras”

  1. humbertoadriano dice:

    Maravilloso artículo. Ahora, a buscar alguno de los libros de Lourdes.

  2. Carmen Rodríguez. dice:

    Vaya, no me imaginé que fuera interesante la lucha libre desde este punto de vista, pero Grobet me ha despertado la curiosidad. Felicidades!

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