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El culto a la Santa Muerte es una de las prácticas religiosas más controversiales de México. Si bien la relación que existe con la finitud es muy frontal y estrecha desde tiempos ancestrales, los rituales vinculados a esta deidad pagana son recientes, están más relacionados con el crecimiento del narcotráfico y la marginalidad, y justamente por esto son rechazados por gran parte de la población, a tal punto que el mismo gobierno considera que la Santa Muerte encarna un culto ilegÃtimo. En Nuestra Mirada, hemos decidido documentar esta creencia a través de las certeras y fascinantes imágenes tomadas por Monda Photo, el colectivo de fotógrafos más respetado del paÃs y uno de los más importantes de América Latina. Este grupo de trabajo –integrado por Lizeth Arauz, Carlos Aranda, Jerónimo Arteaga-Silva, Alfredo Pelcastre y Ernesto RamÃrez- nació en el año 2006 como un espacio para desarrollar proyectos colectivos y a la vez dar apoyo a ensayos individuales. En esta oportunidad, presentamos el registro que este equipo ha hecho sobre la religiosidad pagana en el Valle de México. Y, a su vez, acompañamos las fotografÃas con un texto bello y riguroso de la escritora Laura Emilia Pacheco –publicado en su libro de crónicas “El último mundo”-, quien se adentró en un peregrinaje en Tepito, el barrio más bravo de una ciudad fascinante.
FotografÃas de Monda Photo, Texto por Laura Emilia Pacheco
Tepito: Aquà puede encontrarse todo, venderse todo, perderse todo. Es tal la reputación de este lugar que hasta la policÃa lo piensa dos veces antes de adentrarse al intrincado laberinto de sus calles, capaces de convertirse en trampas mortales. Mercado gigantesco, zona dedicada al comercio y a la venta de objetos de segunda mano, armas, drogas, ropa, fayuca, sexo –cualquier cosa que implique una transacción–, Tepito es el barrio más bravo y uno de los más fascinantes de la Ciudad de México. También es sede y lugar de peregrinaje del culto a la Santa Muerte.
Fue en tiempos prehispánicos Teocultepitón, que en náhuatl significa pequeño templo o capilla. Aquà estuvo el canal que comunicaba el Templo Mayor con Tlatelolco. En el Templo de la Concepción hay una placa: Tequipeuhcan (lugar de esclavitud). Aquà fue hecho prisionero el emperador Cuauhtemoc la tarde del 13 de agosto de 1521. Hoy en Tepito circulan grandes intereses, legales y clandestinos por igual. Lo insólito y lo maravilloso conviven con lo cotidiano; lo fantástico, con la sordidez innombrable. El trabajo honesto coexiste con el frenesà de los carteles de la droga y las bandas armadas.
Como cada inicio de mes, éste es un dÃa distinto en la azarosa vida tepiteña: en algunas de sus calles se celebra una misa en honor a la Santa Muerte. Sólo en este barrio hay más de veinte altares entre los más de cincuenta que, se dice, existen dedicados a ella en los rumbos más peligrosos del Valle de México.

© Carlos Aranda
Hoy es dÃa de tregua, y se nota. En la calle de Alfareros se encuentra el primer altar que se instauró en la zona hace unos veinte años. Al caer la tarde se advierte el sereno flujo de personas que llegan de los alrededores, de distintos rumbos de la ciudad, de todos los rincones del paÃs. En el aire no se siente miedo, ni tensión, ni violencia.
Muerte querida de mi corazón, no me desampares de tu protección, implora Trinidad, una indÃgena de Guerrero, con un fervor sólo comparable al que se ve el 12 de diciembre, el dÃa de la Virgen de Guadalupe. Sin embargo, las palabras de esta mujer casi en harapos, con la piel a punto de estallar de tanto exponerla a la intemperie, no son para la patrona de México –nombre con el que se conoce a la Guadalupana–, sino para la Santa Muerte, una figura que gana adeptos con cada minuto que pasa, a pesar de las advertencias de la Iglesia católica que amenaza con excomulgar a sus seguidores.
Para quien nunca ha visto a la Santa Muerte el primer encuentro con la Niña Blanca, como también se le llama, deja una impresión imborrable; un sobresalto que infunde temor, reverencia y respeto. Por el majestuoso manto de terciopelo púrpura con aplicaciones doradas, podrÃa pasar por una de las vÃrgenes veneradas en las incontables iglesias católicas que hoy, semivacÃas, salpican el paisaje urbano. Al mismo tiempo recuerda que en Tenochtitlan la calavera estaba por todas partes como evocación de que no existe vida sin la muerte.
Y es que su altar de casi dos metros de altura está de tal modo atestado de ofrendas y regalos –flores, monedas, botellas de tequila y de mezcal, látigos, joyas, dulces, veladoras, incienso– que la vista se pierde en el intento de inventariar los objetos que la rodean. De pronto la mirada repara en que sus manos no tienen carne ni piel. Esqueléticas, sostienen una balanza y un globo terráqueo.
Los huesos de las falanges sirven de nicho para cientos de dólares, enrollados hasta formar un carrujo que, de manera inevitable, remite a los nexos que se le adjudican a la Niña tanto con el mundo del narcotráfico y la delincuencia como con los que se quedan y los que se arriesgan a cruzar la frontera en busca de El Dorado estadounidense.
Al ver a sus devotos, se dirÃa que sus seguidores agotaron toda esperanza en las instituciones. Hartos de promesas polÃticas que nunca se cumplen, sin fe en ley o autoridad alguna, cansados del discurso acerca de una justicia social que jamás llega, al menos la Santa Muerte les promete la seguridad de un fin tranquilo: algo invaluable cuando la vida transcurre al filo de la navaja.
Habitante imperturbable de este nicho luminoso que contrasta con la grisura de la calle, la tarde, los edificios y la realidad, la Santa Muerte tiene una larga cabellera natural y una calavera de mandÃbula entreabierta, como si estuviese a punto de proferir algún mandato apocalÃptico. VacÃas las cuencas de sus ojos, parecen mirar con intensidad –si esto es posible–, a un hombre de cuerpo joven pero de un agotamiento interior palpable según su deterioro fÃsico.

© Carlos Aranda
Exhausto, al borde del colapso, ha caminado desde la selva chiapaneca –a medio paÃs de distancia– para llegar a tiempo a la celebración. De rodillas, balbucea con lágrimas en los ojos: Milagrosa y Majestuosa Muerte: Te pido que con tu poder infinito me devuelvas… Sus palabras se pierden en medio de una muchedumbre que, al paso de los minutos, se convierte en una multitud pero no en una horda: en perfecta sincronÃa y con un respeto casi marcial, la gente se persigna ante el altar.
Envuelta en nubes de incienso; arropada por el vapor de las grandes ollas de atole que, al final de la misa, los encargados de cuidarla con tanto esmero repartirán entre los asistentes; ahumada por la fumarola de miles de veladoras y la espesa bruma de cannabis, la Santa Muerte da la bienvenida a sus fieles. Nada se oculta. No hay clandestinidad.
Las muestras de afecto y el gesto solidario entre desconocidos pasan de ser una rareza a la más estricta etiqueta: todo el que pasa regala y recibe algo, por insignificante que sea, al menos un caramelo.
La ausencia de grandes promesas es un común denominador entre los asistentes. También lo son los tatuajes, las cadenas y las medallitas con su efigie, los chocolates en forma de moneda de oro, el incienso, las fotocopias de su Novena, que una mujer bien vestida pronuncia desolada: Muerte Protectora y Bendita: Por la virtud que Dios te dio quiero que me des suerte, salud, felicidad y dinero. Que me libres de enemigos y hagas que Armando se presente ante mÃ, humilde, a pedirme perdón, humilde como un cordero, fiel a sus promesas y siempre amoroso y sumiso…
Armando la traicionó hace un año y no tiene noticias de él.
–La Santa es buena, pero es muy celosa. Yo no tengo nada; nada puedo prometerle. Sin embargo, ella sabe que le soy fiel. Es la Única, la Dueña de mi Corazón –dice Gilberto. A sus catorce años, lleva tres de creyente y habla como si tuviera una experiencia de ochenta.
Tatuado de pies a cabeza, con el cabello casi al rape y desteñido, junto con sus amigos, tendió una toalla en el asfalto para colocar a su efigie de la Santa Muerte. De unos treinta centÃmetros, color blanco, rodeada de sus pequeñas ofrendas, ésta es una de las tres figuras que posee Gilberto. Todas son de distinto color, porque cada una representa un ruego diferente. Hoy quiere comprar otra para ver si consigue trabajo.
Estos altares improvisados se repiten en todas sus variantes y en todos los materiales imaginables. Están hechos con pedacerÃa de madera, plástico, amaranto, cabello humano; con los remanentes de una vida ardua pero, sobre todo, con una esperanza que no muere.
Al caer la noche, la calle es intransitable. En un extremo un enorme Gran Marquis está pintado con la imagen de la Santa Muerte y la leyenda Latin Kings; del otro, hay un nicho con la presencia silenciosa de una Virgen de Guadalupe de un metro de estatura.
–No hay problema –asegura un hombre que se salvó de que le amputaran la pierna y adjudica el milagro a la Santa Muerte–: La Virgen y la Santa son creaciones de Dios Todopoderoso. En cambio los Santos son creación del Hombre. Por lo tanto, no podemos confiar en ellos.
Una pareja joven, raquÃtica, se apura a devorar las patas de pollo (hervidas, en bolsa de plástico, con salsa), con que mitigan el hambre. El sonido que producen al triturar los cartÃlagos se diluye bajo las primeras notas del mariachi, señal de que la misa está por comenzar.
La multitud se confunde con las cientos de imágenes de la Santa Muerte, los millares de pulseras de cuentas de colores (que recuerdan a las de la santerÃa), los incontables retablos hechos a base de semillas (que muestran la presencia viva del pasado prehispánico), con el olor a dulce, a sudor, a los fragmentos de vidas difÃciles, vÃctimas de una realidad inclemente.
–Oremos para que no nos falte el dinero. Oremos por nuestros seres queridos que están en los reclusorios y en los hospitales. Oremos…– continúa el sacerdote. Hombres, mujeres, cientos de jóvenes y niños repiten sus palabras.
Y en medio de la noche inmóvil la Niña Blanca, la Santa Muerte, la Reina de las Tinieblas siente cómo se inclina la balanza a su favor y mira cómo crecen sus legiones en el mundo de la miseria y el desamparo.

© Carlos Aranda
Etiquetas: colectivos, cultura, fotoperiodismo, literatura, Mexico DF

Felicidades! excelentes fotos! y que decir del texto, es impresionante, cargado de realismo y belleza narrativa.
Gracias por publicarlo.
Hola, me parece que estas fotografias reflejan una subcultura existencialista que ha sido impuesta por el sistema, en el que, solo el tiene mucho lo logra. Exelente trabajo y muy comunicativo.