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Desde montañas, aviones y terrazas de edificios, Pablo López Luz se dedicó a fotografiar el crecimiento arrollador y desordenado de la Ciudad de México. El resultado es Terrazo, un documento revelador –próximo y distante a la vez-, que permite observar, de un modo casi cartográfico, la idiosincrasia de una metrópoli –la tercera más poblada del mundo- que no termina de saber qué hacer con su gente, su planificación urbana y sus excesos.
Por Carlos Paredes
El dÃa que Pablo López Luz decidió ser fotógrafo trabajaba de empleado en un despacho de diseño. Una tarde, en su oficina, le asaltó ese momento de iluminación en el que uno cree descubrir qué quiere en la vida. Aunque no gritó “eureka†ni escapó de su oficina tirando la puerta abajo, sà tomo una resolución importante: dedicarse profesionalmente a capturar imágenes.
Eso sÃ: comenzarÃa de una manera distinta. Además de salir a disparar su cámara –lo venÃa haciendo desde la escuela secundaria: incluso se habÃa armado un cuarto oscuro en su casa- harÃa una maestrÃa en una buena casa de estudios, de modo de poder encontrar una vÃa de expresión más refinada y personal. Al poco tiempo estaba en la Universidad de Nueva York, que junto con el Centro Internacional de FotografÃa ofrece una MaestrÃa en Artes Visuales. El detalle es que Pablo ya llegó a Estados Unidos con un proyecto entre manos: retratar las huellas del crecimiento explosivo y desordenado de la Ciudad de México, también conocida como “Gran México†o Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM).
La “Gran México†es una de las tres urbes más pobladas del mundo, después de Tokio y Seúl. Su densidad poblacional llega a las 5877 personas por km2, un número muy superior al que se maneja en el resto del paÃs, donde sólo hay 52,7 habitantes por km2. Sin embargo, hace tan sólo tres décadas –cuando Pablo recién nacÃa- este lugar no era tan inmenso ni tan caótico: cobijaba a unas nueve millones de personas. Desde entonces y hasta hoy, esa cifra aumentó un 250 por ciento. En la actualidad, la Zona Metropolitana del Valle de México (en la que está incluido el DF) es una megalópolis con 23 millones de personas adentro. Una urbe gigantesca con el aire enrarecido, donde cada vez escasea más el agua y donde el tráfico puede atrapar a sus seis millones de automovilistas por más de tres horas, poniéndolos al borde del desquicio (tanto que el Instituto Nacional de PsiquiatrÃa estima que en México una de cada cuatro personas sufre de alguna enfermedad mental).
Ahora que ya regresó de Nueva York, Pablo está sentado en una mesa de una librerÃa-café de La Condesa, un barrio tradicional y bohemio del DF, para hablar de Terrazo: un proyecto que consiste en documentar las huellas de la explosión urbana en el valle de México. Y que muestra, a través de imágenes ascetas –por momentos, parecidas a piezas cartográficas- el avance incontenible del cemento, la deforestación y los sÃntomas del llamado “calentamiento globalâ€, que están teniendo consecuencias muy concretas. Por caso, las últimas alertas ecológicas reportan que la sobrepoblación, la basura, las invasiones a zonas de reserva y la sobreexplotación de acuÃferos están hundiendo al valle a razón de de 44 centÃmetros por año.
Los maestros. Pablo luce como un tÃpico joven de la clase media ilustrada de México: usa barba, jeans, tenis blancos y sweater deportivo morado, y en su rostro no ha quedado un solo rastro de sus antepasados indÃgenas mexicanos.
Desde que era niño, el mundo de Pablo estuvo relacionado con las obras de arte, aunque de un modo atÃpico. Si bien su padre es un reconocido galerista de México y Pablo lo acompañó desde pequeño a exposiciones y pinacotecas, dice que no tiene un recuerdo consciente de que algún paisajista mexicano lo haya impresionado. Ni los trabajos de José MarÃa Velasco ni los del famoso pintor Gerardo Murillo, que firmaba sus paisajes como “Dr. Atl†-entre otros- lo impactaron tanto como para dejar huella en su memoria inmediata. Por eso, encuentra en el extraño juego del inconsciente humano las raÃces de su fijación por los paisajes, de su obsesión por encontrar claves del vÃnculo del hombre con su medio ambiente. Aunque no solamente ha fotografiado paisajes, Pablo se define como un fotógrafo paisajista y urbano; un documentalista ecológico que va rodeando la ciudad de México en busca de las huellas de la deforestación y el crecimiento desmedido en manos de constructores que convirtieron verdes cerros y montañas en bloques de cemento gris.
Terrazo, su proyecto –el mapa de todo este desencanto- es el resultado de cuatro años buscando las mejores locaciones para retratar, desde la distancia, la topografÃa de su ciudad. Pablo ha acumulado unas 2 mil imágenes, todas tomadas con una de sus dos cámaras de medio formato, sin lentes especiales y con rollos 120. De hecho, buena parte del dinero –ganado gracias a tres becas que recibió en México y España- lo ha gastado en rollos y revelados.
Pablo López Luz no usa cámaras digitales. Y cuando se le pregunta por sus referentes fotográficos, menciona a Graciela Iturbide y a Lewis Baltz, un fotógrafo californiano que en la década de 1970 encabezó el “Movimiento de la Nueva Topográficaâ€, una suerte de manifiesto artÃstico que rechazaba la estética tradicional y buscaba la belleza en la desolación y destrucción. Esos desolados y destruidos paisajes que Baltz encontró hace tres décadas en los parques industriales californianos, Pablo López los halla fácilmente en el “Gran México†del nuevo milenio.
La ciudad que Pablo rescata es excesiva. Sólo por dar algunos ejemplos, en el DF se construyó el árbol de Navidad más grande del mundo; en el DF –exactamente en su famoso Zócalo- todos los diciembres se instala la pista de patinaje sobre hielo, pública y gratuita, más grande del mundo; en el DF se hizo el desnudo más abundante del mundo (18 mil encuerados se mostraron para la lente del fotógrafo neoyorkino Spencer Tunick), y en el DF 13 mil chilangos se disfrazaron de Michael Jackson y bailaron Thriller en homenaje a la muerte del cantante (un despliegue que terminó en el Libro Guinness de los Récords).
Sin embargo, para retratar desmesura semejante, Pablo no se internó en el corazón de la ciudad. Lo que hizo fue apartarse. Se subió a aviones, montañas, edificios; se dirigió a la llamada zona conurbada -la periferia, por donde la ciudad ha crecido hasta el infinito- y desde esa distancia se dispuso a mirar.
Y lo que vio, tan lejos y tan cerca, fue lo que ahora se ve: una urbe rota y a la vez monumental, donde el crecimiento volvió todo –las casas, los parques, la gente- paradojalmente pequeño.
Etiquetas: crecimiento urbano, metas del milenio, Mexico DF

maravilloso trabajo…una perspectiva muy atractiva…