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A los 76 años, es uno de los fotógrafos más importantes de América Latina. Documentó diversos movimientos guerrilleros en su continente, y se destacó como un retratista profundo y espontáneo de personajes de mediados del siglo XX (a él pertenece la célebre imagen de Gabriel García Márquez con un ojo morado, luego de un puñetazo de Mario Vargas Llosa). Aquí, una charla íntima y reveladora con Rodrigo Moya: un hombre que hizo de su oficio una profunda declaración de solidaridad con los seres humanos.
Por Pablo Corral Vega
Madrid, Mayo 17 de 2010
- ¿Cómo comenzó tu exploración en la fotografía?
- Fue de modo casual. El oficio de fotógrafo, al menos en mi época –en la que no había escuelas especializadas– se aprendía de modos impensados. Te hacías fotógrafo como podías hacerte chofer, cocinero o vendedor. Éramos jóvenes que veníamos del abandono de la escuela, de penurias económicas o de alguna ruptura familiar. En mis veinte años entré en esa coyuntura en la que necesitas tener un oficio, ganarte la vida. Yo venía de un fracaso en la Facultad de Ingeniería y estaba desorientado y sin vocación. Casualmente, unos amigos de mi familia que querían iniciar la televisión en Colombia, me patrocinaron un curso intensivo de dirección y producción de televisión, que por esos años empezaba en México con el Canal 2 –ahora Televisa– . Cuando ya hacía mis pininos, conocí a un fotógrafo colombiano, Guillermo Angulo, que me preguntó cómo era eso de la cámara, del “blancket”, del orticón. Yo le respondí: “Te cuento todo, pero tú me dices cómo está eso del rollo”. Porque a mí me gustaba tomar fotos, pero no sabía qué pasaba después.
- ¿Qué tipo de fotos tomabas?

Rodrigo Moya por Pablo Corral Vega
- Tomaba fotos de mis paseos, de mis amigos, de mis excursiones, con una camarita 6 x 6 cm que me había regalado mi padre cuando terminé el bachillerato. Pero yo no sabía qué había detrás, qué pasaba cuando dejaba mi rollo en la farmacia y me devolvían unas copiecitas pequeñas. Un día Angulo me llevó al laboratorio de la revista Impacto, y ahí vi el prodigio de la fotografía. Me asombré y dije: “Maestro, yo quiero ser fotógrafo”. Yo vivía mal, desordenado y fuera del hogar materno… Y Angulo me dijo: “Conmigo tienes casa y comida, y te hago mi ayudante”. Y un año fui ayudante y aprendiz, y él fue como un maestro renacentista que me enseñó todo paso a paso.
- Pero lo curioso es que comenzaste con imágenes electrónicas…
- Sí, las primeras fueron la imágenes del visor y de los monitores de la televisión. Pero toda mi vida estuve rodeado de pintura, escultura, bocetos y libros de arte, pues mi padre fue un destacado escenógrafo de teatro y cine. Siempre viví en un mundo de imágenes y mi madre era una fanática de los álbumes fotográficos.
- Siempre es importante adentrarse en la pintura, la poesía, la literatura… Para un fotógrafo no es suficiente pensar sólo en fotografías, sino que se necesita una visión más amplia del mundo, ¿no?
- Por supuesto. Es indispensable que el fotógrafo tenga inquietudes que vayan construyendo su versión interior de la imagen. Todo se complementa. Saber de arquitectura y pintura, cine y teatro, o por lo menos tener interés en ello, leer y escuchar a gente sabia, fortalece los cimientos de un fotógrafo y hace que sus imágenes sean más legibles, más poderosas. Se dice que yo compongo mucho, pero lo cierto es que no componía. O, mejor dicho, componía automáticamente, cargando el aura del entorno plástico en que viví antes de tomar fotografías.
- ¿En tus comienzos, trabajaste en medios?
- Sí. Angulo era jefe de fotógrafos en Impacto, y cuando en 1955 se fue a Italia a estudiar en Cine Cittá, me dejó su plaza. Fue un maestro que me enseñó mucho, pero además me pasaba chambas de la revista que no le gustaban, como bautizos o actos insulsos. Así que cuando tuve la plaza ya sabía moverme y técnicamente estaba seguro. Duré en Impacto tres o cuatro años y luego hice trabajo free lance y mucho teatro. Publiqué muchos reportajes centrales y recuerdo esos años como muy activos y fructíferos.
- ¿Y cuándo sientes que empezaste a construir tu propia obra?

El Ché melancólico, © Rodrigo Moya
- Creo que desde el principio tuve mi visión de las cosas. Lecturas y amistades con periodistas avanzados me fueron dando una idea más clara del mundo. Por fortuna trabajaba en una revista semanal donde había pausas. Yo revelaba e imprimía con cuidado, cosa que en un diario era imposible. Cuidaba mi material, aunque perdí muchos negativos de la primera época. Y ya en la calle tomaba imágenes al paso, sin destino, fuera de la rutina, pero que me jalaban desde resortes inconscientes. Muchas de mis fotos fueron hechas así, al margen del trabajo, en la calle, de repente.
- ¿Qué elementos comunes encuentras en esas fotos?
- Que responden a una obsesión por aquello que llaman “la otredad”, el otro, los otros, lo exterior a uno. Nunca fotografié a mi clase, por ejemplo. Nunca me interesaron las clases medias acomodadas, menos las altas o la cercanía con el poder y la fama. Me intrigaba y dolía –como me sigue doliendo– la desigualdad, los fenómenos de la pobreza, los mundos sumergidos sin esperanzas, la absurda distribución de los bienes terrenales.
- Hay en tus imágenes una mirada muy irónica, con sentido del humor.
- Porque había compasión y solidaridad. Siempre me acerqué a esta gente con un sentido de ternura o conmovido. Si fotografiaba algo era porque conocía el problema, y de alguna manera fotografiaba emocionado. Nunca pensaba en el arte o en una sala de exposición. Nunca pensé que las fotos denunciaran cualquier cosa o cambiaran algo.
- Se nota mucho la empatía. No son fotos distantes o extrañas, no es el otro en el sentido del “distinto” sino…
- … el otro que quieres indagar, comprender. Y hacerlo desde cerca, porque yo entraba en sus entornos y me metía muy, muy próximo. Me gusta mucho la frase de Robert Capa: “¿Qué tan buena es una foto? Tanto como te acerques”. Él era un fotógrafo de proximidad, y yo también lo fui en el retrato, en la ación, en el peligro.
- Y de proximidad psicológica, sobre todo. ¿Cómo era el México en el que tú trabajabas?
Cuando fui niño era una ciudad de 2 millones de habitantes. Había 30 mil ó 40 mil autos. Cuando fui fotógrafo había cuatro o cinco millones y las máquinas empezaban a apropiarse de la ciudad. Ahora hay 7 millones de coches y veinte millones de habitantes hacinados en un altiplano que no da más. Se requieren varias generaciones de fotógrafos para entender visualmente ese fenómeno letal del hipercrecimiento de una capital condenada a todos los peligros y desastres.
- Debe ser agobiante vivir allí.
- Sí, a pesar de que la ciudad es poderosa y rezuma historia y humanidad. Caminarla es hermoso, pero cruzarla diario en auto o camión es un castigo. Es una ciudad inabarcable, tan bella como peligrosa.
- En ese entonces había una explosión creativa y artística muy grande, ¿no?
- Sí, claro. Era la época en que venían artistas norteamericanos, algunos perseguidos y otros por su gusto, a buscar la riqueza plástica y el color de México. Así pasaron por México en los años 20 y 30 Edward Weston, Tina Modotti, Paul Strand, Cartier-Bresson, entre muchos. Después de la revolución cuajó un movimiento cultural y la pintura mural mexicana se expande como escuela, pero después se vuelve viciosa, esquemática, sin el halo de los grandes como Rivera, Siqueiros, Orozco, Tamayo, y da lugar al surgimiento de innumerables y pequeñas vanguardias que ahora se suceden en cascada.

Fanny Cano en su tocador. Pensar que el busto más bello de México desapareció en las cenizas de Barajas. Rodrigo Moya © 1963.
- Muchos de tus retratos de figuras célebres vienen de esa época… Porque hay dos grandes vertientes dentro de tu trabajo: la foto documental, espontánea, en la que captas lo que está. Y está el retrato, en el que hay una relación directa con el sujeto y un intercambio. ¿Puedes contar un poco más lo que significa el retrato para ti?
- Recién en los últimos años me he dado cuenta de lo que significó para mí el retrato. Al estudiar, explorar y rescatar mi archivo, encontré que tengo mucho, pero mucho retrato. Descubrí que el retrato emergía de entre todas las acciones que abordaba. Se desprendía con una fuerza propia y se colaba en mi cámara en cualquier situación. Tengo también muchos retratos de niños. Yo ignoraba un poco la foto de niños, me resultaba chocante, sentía que era un tema fácil, tramposo. Los niños mexicanos de Diego Rivera y de Fanny Rabel, o inclusive de la era virreinal, me hartaban. Y sin embargo, en el 2007 presenté una muestra que se llama Eterna Infancia. Mi archivo está plagado de niños, como el país mismo…
- ¿Qué hace que una foto sea un retrato o no? ¿La interacción? ¿El hecho de que el sujeto es un cómplice?
- Puede ser cómplice o no, pero lo que hace un buen retrato es que la cámara capta lo esencial de un ser humano. Sus actitudes internas, su rostro, su manera más auténtica de ser, de pararse, de mirar. Cada retrato logrado es un fragmento de la historia del retratado. A veces su historia completa en una fracción de segundo.
- Un buen retrato es una ventana abierta hacia otro mundo.
- Claro. Y es también una ventana que no siempre se logra abrir.
- Mirando tus fotografías se nota que allí hay un encuentro entre tú y el retratado.
- Sí, aunque el encuentro sea casual, inesperado. Desde luego hice retratos por encargo, previstos, pero lo que más me importa es el retrato surgido de un encuentro.
- Muchos de tus personajes son anónimos, pero hay también grandes personajes de la época como Diego Rivera, María Félix y David Alfaro Siqueiros. ¿Qué recuerdas de esos encuentros?
- Para mí fue importante que Siqueiros me usara una temporada como “su” fotógrafo. Cubrí alguna etapa de su labor en Cuernavaca, pero me alejé de él por la imposibilidad de atender sus imprevistos. Siempre fue muy respetuoso y cordial y conservo un retrato que le hice dedicado con afecto por él. Diego, en cambio, era más seco y distante y mi contacto con él fue irrelevante, aunque cubrí su sepelio unos meses después de haberlo fotografiado junto a Siqueiros, en 1957, lo que mereció un reportaje desplegado a ocho páginas. Yo era un joven de veintiún años distinto a los fotógrafos de prensa de la época, que eran generalmente gordos, bigotudos, simples opererarios de aparatos ópticos. Tenía otro corte y eso era importante para mucha gente. Entonces, por ejemplo, cuando se consiguió la entrevista con María Félix, en 1955, me enteré de que ella había pedido que fuera yo el que la fotografiara. Su cordialidad venció mi nerviosismo y fue ella quien casi dirigió la sesión fotográfica.Todos mis encuentros con algunas personalidades o situaciones las tengo narradas y es posible que se haga un libro muy ilustrado con esas historietas fotográficas.
- ¿Qué otros personajes de esa época fotografiaste?
- Pues tengo a Carlos Fuentes, aunque es un retrato pobre. A Silvia Pinal, al “Indio” Fernández, a periodistas, escritores, actores, casi todos ahora desaparecidos. Tampoco es tanta gente porque yo no procuraba a los famosos. No me subía a la fama de otros para prestigiarme, no se me ocurría. Por ejemplo, fui varias veces a la casa de García Márquez y nunca llevé cámara. Podría haberlo hecho, pero no lo sentía serio y honesto. Él me llamaba con intenciones amistosas, véngase a comer, y yo no podía llevar una cámara. Sólo lo retraté cuando él fue a mi casa expresamente a que le tomara fotos.
- ¿Has fotografiado a Juan Rulfo?
- Lo conocí, pero nunca le hice fotografías. Nos encontramos algunas veces en la librería Gandhi y platicábamos de foto. Él fue un aficionado apasionado que representa la forma de ver a México en una época, tal vez un poco pictorialista, cinematográfica.
- Ha cambiado tu manera de ver las fotos que hiciste hace años? ¿Escoges ahora fotos que antes no habías visto?
-Por supuesto. Hay capas, sedimentos. Miras de una manera cuando haces la foto, la tratas, la imprimes, la guardas o la regalas. Y miras de otra manera al verla años después. Entonces, a mi edad, voy descubriendo cosas y las voy integrando en conjuntos, temas, series, nuevas visiones lejos de la original. He descubierto mi forma de aproximación y he aprendido de muchos investigadores a ver en más profundidad. Y así como hay fotos que hace treinta años no significaban mayor cosa para mí y ahora sí, también hay retratos que antes me gustaban y que ahora no valen nada porque los veo duros, rígidos, falsos. Lo que importa, en cualquier caso, es ser crítico con uno mismo y buscar en el trabajo pasado lo que hubo de verdadero y trascendente.

Gabo con el ojo moro. Rodrigo Moya © 1976 Un incidente pasajero, un ojo negro, una sonrisa, y una cámara de confianza.
Etiquetas: entrevista, historia, Mexico DF

Toda mi admiración por Rodrigo Moya… Merece un gran reconocimiento y la difusión amplia de su extraordinario archivo… Requerimos libros y exposiciones de Rodrigo, ya!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Gloria Maldonado Ansó
Creo que es un fotografo exepcional,un artista de la camara y su fotografia es un testimonio de su epoca,pero lo que mas me gusta es que es un artista comprometido con su tiempo y con su entorno social,politico y cultural…Es como el Monsivais de la camara…
Claro que sii Gloria !!, no cabe duda, siempre buenos conocimientos de este Idolo de la Fotografia Mexicana.
Rodrigo, hace una semana compré el libro "México" de Salvador Novo editado port Porrua y tuve un hallazgo excepcional. En una de sus páginas encontré una imagen que había buscado por muchos años. No se trata de un personaje famoso ni mucho menos, simplemente es de la casona en la que nací en 1959.
Al identificar que la foto es de tu autoría, busqué en la red y aquí me tienes escribiéndote para felicitarte.
Gloria Maldonado: Te recomiendo el citado libro.