Christian Lombardi – Awichas

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Texto y fotografías por Christian Lombardi

¡Maldición!, me olvidé la batería de la cámara.

Media vuelta en taxi. Pasan los minutos, interminables.

Ahora voy corriendo. Me quiero morir de la bronca: ya son las 09.30 y los awichas están en pleno preparativo para la boda.

Sumando sus edades son como 160 años de buenos y malos momentos, hijos y nietos y hoy determinaron reírse en las caras de los que piensan de que esas cosas no se hacen.

Son dos abuelitos del barrio periférico y lejano de Pampahasi, quienes viven en un pequeño centro comunitario.

Se conocieron apenas unos días, pero Cupido, un poco arrugado, les lanzó el flechazo.

No tienen plata, ni muchos años teñidos de esperanzas, pero les vale, hoy se van a casar y punto.

Algunos viejitos del centro los aplauden y se ríen a carcajadas de esas bromitas del destino. Otros los reprueban con la mirada, murmuran en voz baja –Esos dos están locos… tan viejos ya… .

Hay quien comenta extrañados de que ella es de los Quichuas y él de los Aymarás y que esa diferencia de etnias no pasan ni con los siglos.

Ya no hay visión hacia el futuro, ni casa ni autos por comprar, ni posición social que ganar, y el pasado quizás esté ya muy cargado de millones de largos instantes pero, ¿qué es lo que les empuja a darse la mano? Por fin llego, entro corriendo, llego al patio.

En la salita del fondo la mejor amiga de la novia hace las últimas recomendaciones a los tortolitos que la escuchan con una seriedad de niños atentos a la lección maternal.

Entro discretamente a su privacidad, dejándoles entender que no pretendo existir, sólo soy un suspiro protocolar, hoy seré su pulga.

Me miran, se miran, nos miramos…y bueno, hay que ir…

Se dirigen a la puerta, cierran los ojos un breve instante, aspiran hondo y se lanzan.

El resto del día ya es mañana.

Al programa: Iglesia, ceremonia aymará, pastel, brindis, fiesta y finalmente la vida de a dos y la muerte de la misma forma también, quizás.

La iglesia: Confesión, entrar, aplausos, de pie, sentados, de pie, arrodillados, de pie, bla, bla de rigor. El anillo, sentados, firmar el libro y otros papeleos. Las fotos.

El cura visiblemente de muy buen humor y alegre por ese tan peculiar evento pronuncia finalmente, no sin antes tragar saliva, el hasta que la muerte los separe.

Un silencio sepulcral reina entre los invitados y dos sonrisas despreocupadas flotan sobre los labios de los novios.

Saco una foto más y volteando la cabeza puedo escuchar la muerte susurrándome, quizás por una vez pueda hacer una excepción y llevármelos juntitos en un buen rato más.

El resto del día son solo flashes y detalles ceremoniales. En los ojos de los recién casados creo percibir su ansiedad para estar por fin solos y juntos el uno contra el otro, abrazados en un largo suspiro que podrían disfrutar plenamente como si fuera el último.

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