Mirar con bondad y poesía

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San Telmo, Buenos Aires, Argentina © Pablo Corral Vega (2009)

Texto y fotos por Pablo Corral Vega

Como en la memorable escena del Mago de Oz, se ha descorrido el velo de la fotografía. El mago, alquimista, poderoso conjurador de imágenes, artista de los reveladores y de los grises, es en realidad un hombre cualquiera. Sus antiguos trucos han perdido el poder de asombrar.

Lo que estamos viviendo es una radical democratización de la fotografía. La revolución digital ha permitido que millones de personas tengan acceso a una cámara de fotos. Un aficionado ayudado por la enorme calidad de los nuevos sensores digitales y los automatismos, puede conseguir una calidad técnica similar a la de los profesionales más refinados.

David Alan Harvey, uno de los grandes fotógrafos de la National Geographic, me decía hace unos años que exponer la película a la perfección, como aprendimos a hacer nosotros -luego de años de trabajo- no va a tener ninguna importancia en el futuro. Cualquiera va a poder hacerlo sin el menor esfuerzo.

En el blanco y negro, supuestamente más artístico que el color, la popularización del medio es aún más desmitificadora. He visto fotos en blanco y negro tomadas por aficionados con una gama tonal tan rica como las de Ansel Adams. Ya ni siquiera es necesario capturar la imagen en blanco y negro. Lo ideal, desde el punto de vista técnico, es registrarla en color y convertirla posteriormente a la escala de grises.

Hace tan sólo unos años la fotografía de calidad profesional era el reducto de unos pocos que poseíamos un equipo caro y difícil de manejar, que podíamos comprar la película y que sabíamos exponerla correctamente, que teníamos acceso a los laboratorios especializados.

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Jardín, Antioquia, Colombia © Pablo Corral Vega

Algunos fotógrafos sostienen aún que la película es muy superior a la imagen capturada por un sensor digital. Esto era cierto hasta hace poco. Ahora, con la última generación de cámaras profesionales, la calidad supera con creces a la de la mayor parte de los negativos o slides. Con mi Canon digital de cuadro completo consigo mejor resolución que la que conseguía con la mítica Hasselblad y su película de formato medio.

Los fotógrafos profesionales nos hemos quedado sin piso, perdimos en un corto tiempo la ventaja que nos había dado el conocer una técnica críptica y que guardábamos con celo. Cualquiera puede comprar ahora a un precio razonable la misma cámara que un gran profesional usa y conseguir idénticos resultados técnicos.

La fotografía es un lenguaje como cualquier otro, y siempre habrá maestros, grandes artistas, poetas. La técnica es similar a la gramática. El hecho de que podamos escribir con corrección no significa que nuestra descripción se va a convertir en una obra de arte. Pero en el caso de la fotografía, escribir con corrección era algo que sólo unos pocos podíamos hacer. La popularización y democratización de la fotografía necesariamente va a obligarnos a cambiar todos los paradigmas.

¿Es la nuestra una profesión en peligro de extinción? ¿Nos va a ocurrir lo mismo que a los herreros y a los talabarteros, y más recientemente a esos maestros que hacían nuestras ampliaciones de color en el cuarto oscuro? ¿Alguien va a necesitar de nuestros servicios como fotógrafos cuando hay infinidad de aficionados talentosos dispuestos a regalar su trabajo?

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Urique, Chihuahua, México © Pablo Corral Vega

Para mi uno de los fenómenos más desconcertantes es la trivialización de la fotografía.  Hay incontables imágenes publicadas en la red. Las buenas se confunden con las malas, las extraordinarias están perdidas entre las mediocres. El volumen, el grado de masificación de la imagen es un fenómeno absolutamente nuevo. El concepto de calidad está desapareciendo rápidamente para ser reemplazado por el de inmediatez. La foto está sujeta a las mismas reglas del “reality show”.  Las fotos en el internet se vuelven populares de manera viral, las redes coronan algunas a un fugaz estrellato.

Estamos inundados de imágenes y es difícil reconocer las pocas que cuentan y evocan y transforman y dicen, las que aún están cargadas de poesía. Las hay y muchas, sin duda. Ahora podemos verlas y compartirlas. Y somos muchos más los que ahora contribuimos a construir ese acervo visual. Pero para encontrar esas fotos especiales se necesita de un silencio que se va haciendo cada ves más escaso.

La última vez que fui al Festival de Fotografía Periodística de Perpignan tuve la sensación de que no me era posible mirar más fotos de hambrunas y tragedias, de guerras y desastres naturales, de injusticias e inquietantes fenómenos sociales. Las personas que van al Festival acaban completamente saturadas. ¿Este exceso de imágenes de denuncia acaba por desensibilizarnos?

Me comentaba hace poco mi amigo Marco Gatica, Director de Fotografía del diario El Mercurio de Chile, que han hecho varios experimentos para determinar cuántas fotos ven los internautas. Me decía que las personas llegan a hacer click en cincuenta y más fotos si el tema es interesante. El límite al número de imágenes que se podía publicar en las versiones impresas, aquel que obligaba a escoger, a editar con cuidado, ha desaparecido en el mundo virtual.

No creo que existan estadísticas confiables, pero tengo la impresión de que sólo unas pocas fotos se llegan a imprimir. La mayor parte de las imágenes están encontrando usos nuevos, absolutamente impensados hace apenas unos años. No hay límites al número de fotos que podemos tomar: son tantas y estamos tan ocupados en seguir retratando nuestra vida, que nunca llegamos a escoger aquellas especiales, raras, diferentes que nos llegan como regalo del azar y de la obsesiva insistencia.  Es más fácil guardarlas todas, compartirlas todas: acabamos inundados, saturados por el exceso.

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Andarapa, Andahuaylas, Perú © Pablo Corral Vega

La transformación más radical no está en la manera en que capturamos las imágenes, sino en la manera en que las compartimos. Antes teníamos que imprimir las fotografías en papel -un proceso costoso- y teníamos que enviarlas fisicamente. Eso necesariamente limitaba la cantidad de lectores de la imagen. Ahora las personas envían sus fotos por correo electrónico, las cuelgan de sitios como Flickr, las añaden a sus redes sociales como My Space o Facebook, o las exponen en sitios de arte ciudadano como DeviantArt.

Al hablar sólo del aspecto técnico, estoy metiendo en el mismo saco la fotografía de los aficionados y el fotoperiodismo, aquella que hacemos de los amigos y la artística. Cada género está sujeto a particulares retos, pero todos están siendo replanteados gracias a este crecimiento exponencial del hecho de fotografiar. Y particularmente, a la posibilidad  inédita que ahora tenemos de compartir lo que fotografiamos.

Quiero referirme de manera breve al mundo en el que yo me muevo, el fotoperiodismo.  Me pregunto sinceramente si mi profesión es sostenible en el mediano plazo. Los clientes de aquellos que hacemos fotografía periodística son los medios escritos. La crisis económica y el internet han significado un debilitamiento dramático de periódicos y revistas. En el pasado había escasos fondos para financiar la exploración fotográfica. Pero hoy incluso los medios internacionales más poderosos, aquellos que giraban en torno de la imagen, están recortando sus presupuestos o están en serio peligro de desaparecer. Y para hacer más difícil la situación hay incontables jóvenes que armados por cámaras digitales buscan encontrar trabajo en un medio tan hostil.

Las imágenes que no se publicaban se vendían a través de agencias de stock que compartían regalías con los fotógrafos. Ahora las agencias más exitosas venden las fotos de los profesionales junto a las de los aficionados, en muchos casos por cantidades irrisorias.

Gran parte del trabajo periodístico se va a mudar a internet, eso lo sabemos todos, pero los medios no han encontrado aún la forma de recibir ingresos por su presencia online.

El internet es un medio totalmente distinto al papel. Para aprovechar el soporte, las imágenes deben ser enriquecidas con sonido, video y múltiples formas de interactividad. El poder de una foto fija en un espacio que invita al movimiento y a la interactividad está disminuido. Estamos viendo un rápido desplazamiento de la foto fija al multimedia.

Los fotoperiodistas estamos acostumbrados a justificar nuestro trabajo con una cierta autosuficiencia moral. Muchos creemos que estamos contribuyendo a despertar la conciencia de la gente, a revelar lo que está escondido o podrido en nuestras sociedades, a cambiar el mundo. Y es cierto, algunas fotos a lo largo de la historia han logrado ese despertar.

La crisis nos va a obligar a recuperar la humildad y hacernos una pregunta básica y urgente: ¿por qué fotografiamos? El dinero o la fama no van a ser ciertamente razones para seguir este camino. Me pregunto ¿cuántos profesionales van a poder seguir viviendo de su trabajo?

La mayor parte de personas fotografían simplemente porque quieren recordar, afirmar los afectos, dejar un testimonio de sus vínculos, una prueba visible de que fueron y de que amaron y celebraron. Algunos lo hacemos porque queremos denunciar la belleza, pedir a los otros que miren con asombro este mundo complejo -doloroso y maravilloso a la vez. Fotografiamos porque queremos compartir, porque queremos decir a los otros “mira, presta atención, mis ojos enriquecen a los tuyos”.

La magia de la fotografía tal vez es más simple de lo que pensábamos. No requiere de herramientas poderosas ni de alquimias secretas. Es un lenguaje como los otros para hablar de lo humano, para que nos reconozcamos el uno en el otro, para que recordemos la importancia de mirar con bondad y poesía.

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  1. Marco Gatica dice:

    Extraordinario texto mi querido Pablo, estoy absolutamente de acuerdo, la democratización de la imagen es una realidad. Felicidades

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